CAPÍTULO
1.2: LOS AVISTAMIENTOS - (BASE VOSTOK ESTACIÓN DE INVESTIGACIÓN RUSA EN LA
ANTÁRTIDA).
La Antártida, el gran continente
helado del cono sur terrestre. Una enorme masa de hielo totalmente apartada del
resto del planeta, con temperaturas gélidas que se funden con la blancura del
paisaje, lleno de montañas y llanuras a lo largo del horizonte. La presencia
humana se resume en las diferentes bases científicas que han establecido allí
los países del Tratado Antártico.
Dependiendo de la estación, algunas
bases permanecen sin personal, cerradas y esperando que las condiciones
climatológicas sean las propicias. La base Rusa Vostok permanece todo el año
activa, nadie sabe con certeza a que se dedican los científicos y personal que
trabaja allí, oficialmente estudian los efectos de los gases invernadero en el
agujero de ozono y su incidencia en la Antártida.
Grisha, era un científico, pero no
se dedicaba al estudio del agujero de ozono, sus estudios eran catalogados como
de máximo secreto y de nivel 1, tan solo algunos de sus colaboradores más
cercanos sabían a qué se dedicaba concretamente. Siendo poco rigurosos, sus
estudios estaban centrados en la criogénesis, o la posibilidad de conservar al
ser humano congelado durante cientos de años. Aquel entorno gélido donde se
encontraba era justo lo que necesitaba.
Sus investigaciones estaban muy
avanzadas, había conseguido desarrollar un suero experimental para la
conservación de tejidos blandos, su mayor triunfo. Pero aun tenía por delante
todas esas clases de tejidos y sus características para que el sueño se hiciese
realidad, entre ellas, el poder conservar de forma viable un cerebro humano.
Esto sería, como solía decir, "besar la inmortalidad" .
Grisha se levantó aquella mañana muy
despacio, la noche había sido dura, y el frío intenso le había afectado en los
pies. Había estado casi toda la madrugada realizando la autopsia de un extraño
ser con el que se encontró la noche anterior. Estos fueron los hechos:
Llevaban dos días escuchando como
los perros que tenían en la base ladraban como locos e incluso se alteraban
tanto que se peleaban entre ellos. Al principio pensaron que se podía deber a
la actividad de los lobos marinos y las focas cazando y moviéndose por el
hielo. Pero no encajaba, las focas también estaban de día y los perros
permanecían tranquilos.
Las noches que le tocaba estar de
guardia solía salir de la base y visitar las instalaciones de los perros, ellos
le daban tranquilidad y compañía. La noche anterior Grisha había ido a verlos,
estaban intranquilos, nerviosos y con los pelos erizados. No supo que pasaba,
pero flotaba algo raro en el ambiente, era extraño, no se daba cuenta de los
que era, hasta que relacionó el olor que estaba percibiendo con sus primeros
estudios de medicina en la facultad, cuando tenía en frente material biológico
para hacer disecciones y en muchos casos el material estaba deteriorado, en una
palabra, podrido.
No le dio importancia, porque ese
olor perfectamente podría tratarse de un animal muerto en las cercanías. Como ya
llevaba tiempo haciendo la guardia, se fue a buscar un poco de café y vodka.
-
"Hay que calentar el espíritu"- se
decía a sí mismo camino a la cocina, - en un rato volveré a haceros una visita
- le decía a los perros.
Fueron tan solo 30 minutos y cuando
regresó a las jaulas, percibió como el hedor era mucho más intenso, casi le
dieron arcadas e instintivamente se tapó la nariz. Escuchó un ruido, como de
pisadas cerca de la alambrada. Cogió la linterna y se acercó a ver qué estaba
pasando, aquello era muy extraño. Cuando estaba a dos metros del alambre vio
una silueta, parecía un hombre pero la oscuridad no lo dejaba ver bien, decidió
utilizar la linterna y luego preguntar.
Lo que vio cuando la encendió fue a
un hombre, era muy alto, vestía uniforme militar ruso y su andar era tosco,
pesado y sin coordinación alguna. Al principio pensó que alguna visita militar
habría tenido un accidente en algún lugar cercano y era uno de los
supervivientes que actuaba así por las heridas y la congelación. Pero no podía
ser, el hedor era insoportable y cuando vio que el traje militar que portaba el
soldado era un uniforme militar común del ejército soviético en los años
cincuenta y que llevaba una máscara de gas, supo que algo marchaba mal.
-
Hola, ¿Quién es usted?, ¿Qué le ha sucedido?, ¿Se
encuentra bien?, quítese la máscara para que pueda verle la cara. - Gritó
mientras llamaba con el walkie al resto de compañeros.
Aquel personaje no dijo nada,
simplemente siguió caminando con torpeza y esfuerzo por llegar a la valla. Grisha,
dudando de sí mismo, decidió ayudarle. Obviamente, aquel olor podía deberse a
multitud de circunstancias y parecía que necesitaba ayuda urgentemente.
-
¡Espera, no te muevas, te ayudaré! - le gritó
Grisha mientras abría la verja y se apresuraba a su encuentro.
Cuando estaba a su altura, le enfocó
a la cabeza, la máscara cubría casi todo su rostro, pero dejaba ver algunas
partes de la cara. Eso fue lo que estremeció a Grisha. La barbilla de aquel ser
ya no era tal, ahora en su lugar asomaba hueso con pedazos de carne putrefacta
colgando. Tenía una sola oreja, carcomida por el hielo y las bacterias. Su voz
era un gemido ronco.
Fue cuestión de un segundo, el ser
se le abalanzó; intentaba desprenderse de la máscara de gas al tiempo que le
agarraba por el brazo. Era como si quisiese morderle pero no podía. Grisha se
dio cuenta que sus manos estaban descompuestas cuando al intentar despegarlas
de su brazo la carne se le deshizo entre los dedos. Pero el ser seguía
infatigable peleando por tirarlo al suelo y en un momento del forcejeo la
máscara se desprendió y Grisha sintió de cerca lo que era el horror.
Aquello era un cadáver, una masa de
pus y piel que estaba en pie e intentaba morderle. El corazón de Grisha latía
tan deprisa que sentía dolor cuando respiraba, se fatigaba por momentos y aquel
ser permanecía imbatible. Cuando pensaba que las fuerzas le iban a abandonar y
que iba a quedar a merced de aquella boca de color ocre de donde salía una
asquerosa baba grisácea, fue entonces cuando el culatazo de uno de sus
compañeros o mejor dicho “guardaespaldas” del ejército que vivía en la base, le
reventó el cráneo de un solo golpe.
Vladimir no tenía miramientos ni
demasiados prejuicios para matar a una persona; ya lo había hecho muchas veces
en la guerra de Chechenia y con aquello no tenía ni para empezar. Vladi era
extremadamente cruel.
Grisha se incorporó con dificultad,
estaba extenuado y tenía miedo, lo que había visto aun no lo entendía. Solo
pensaba en llevar al laboratorio lo que quedaba de aquel ser y hacer un estudio
preliminar que le ayudase a comprender que era aquello que le había atacado.
Antes de bajar a la tercera planta;
Grisha pudo ver en el horizonte una enorme luz que se sumergía en el océano
helado mientras rompía las enormes placas de hielo que cubrían la superficie.