lunes, 14 de mayo de 2012

La Era de los Muertos _ por Segu Miguens


CAPÍTULO 1.2: LOS AVISTAMIENTOS - (BASE VOSTOK ESTACIÓN DE INVESTIGACIÓN RUSA EN LA ANTÁRTIDA).
            La Antártida, el gran continente helado del cono sur terrestre. Una enorme masa de hielo totalmente apartada del resto del planeta, con temperaturas gélidas que se funden con la blancura del paisaje, lleno de montañas y llanuras a lo largo del horizonte. La presencia humana se resume en las diferentes bases científicas que han establecido allí los países del Tratado Antártico.
            Dependiendo de la estación, algunas bases permanecen sin personal, cerradas y esperando que las condiciones climatológicas sean las propicias. La base Rusa Vostok permanece todo el año activa, nadie sabe con certeza a que se dedican los científicos y personal que trabaja allí, oficialmente estudian los efectos de los gases invernadero en el agujero de ozono y su incidencia en la Antártida.
            Grisha, era un científico, pero no se dedicaba al estudio del agujero de ozono, sus estudios eran catalogados como de máximo secreto y de nivel 1, tan solo algunos de sus colaboradores más cercanos sabían a qué se dedicaba concretamente. Siendo poco rigurosos, sus estudios estaban centrados en la criogénesis, o la posibilidad de conservar al ser humano congelado durante cientos de años. Aquel entorno gélido donde se encontraba era justo lo que necesitaba.
            Sus investigaciones estaban muy avanzadas, había conseguido desarrollar un suero experimental para la conservación de tejidos blandos, su mayor triunfo. Pero aun tenía por delante todas esas clases de tejidos y sus características para que el sueño se hiciese realidad, entre ellas, el poder conservar de forma viable un cerebro humano. Esto sería, como solía decir, "besar la inmortalidad" .

            Grisha se levantó aquella mañana muy despacio, la noche había sido dura, y el frío intenso le había afectado en los pies. Había estado casi toda la madrugada realizando la autopsia de un extraño ser con el que se encontró la noche anterior. Estos fueron los hechos:
            Llevaban dos días escuchando como los perros que tenían en la base ladraban como locos e incluso se alteraban tanto que se peleaban entre ellos. Al principio pensaron que se podía deber a la actividad de los lobos marinos y las focas cazando y moviéndose por el hielo. Pero no encajaba, las focas también estaban de día y los perros permanecían tranquilos.
            Las noches que le tocaba estar de guardia solía salir de la base y visitar las instalaciones de los perros, ellos le daban tranquilidad y compañía. La noche anterior Grisha había ido a verlos, estaban intranquilos, nerviosos y con los pelos erizados. No supo que pasaba, pero flotaba algo raro en el ambiente, era extraño, no se daba cuenta de los que era, hasta que relacionó el olor que estaba percibiendo con sus primeros estudios de medicina en la facultad, cuando tenía en frente material biológico para hacer disecciones y en muchos casos el material estaba deteriorado, en una palabra, podrido.
            No le dio importancia, porque ese olor perfectamente podría tratarse de un animal muerto en las cercanías. Como ya llevaba tiempo haciendo la guardia, se fue a buscar un poco de café y vodka.
-         "Hay que calentar el espíritu"- se decía a sí mismo camino a la cocina, - en un rato volveré a haceros una visita - le decía a los perros.

            Fueron tan solo 30 minutos y cuando regresó a las jaulas, percibió como el hedor era mucho más intenso, casi le dieron arcadas e instintivamente se tapó la nariz. Escuchó un ruido, como de pisadas cerca de la alambrada. Cogió la linterna y se acercó a ver qué estaba pasando, aquello era muy extraño. Cuando estaba a dos metros del alambre vio una silueta, parecía un hombre pero la oscuridad no lo dejaba ver bien, decidió utilizar la linterna y luego preguntar.
            Lo que vio cuando la encendió fue a un hombre, era muy alto, vestía uniforme militar ruso y su andar era tosco, pesado y sin coordinación alguna. Al principio pensó que alguna visita militar habría tenido un accidente en algún lugar cercano y era uno de los supervivientes que actuaba así por las heridas y la congelación. Pero no podía ser, el hedor era insoportable y cuando vio que el traje militar que portaba el soldado era un uniforme militar común del ejército soviético en los años cincuenta y que llevaba una máscara de gas, supo que algo marchaba mal.
-         Hola, ¿Quién es usted?, ¿Qué le ha sucedido?, ¿Se encuentra bien?, quítese la máscara para que pueda verle la cara. - Gritó mientras llamaba con el walkie al resto de compañeros.
            Aquel personaje no dijo nada, simplemente siguió caminando con torpeza y esfuerzo por llegar a la valla. Grisha, dudando de sí mismo, decidió ayudarle. Obviamente, aquel olor podía deberse a multitud de circunstancias y parecía que necesitaba ayuda urgentemente.
-         ¡Espera, no te muevas, te ayudaré! - le gritó Grisha mientras abría la verja y se apresuraba a su encuentro.

            Cuando estaba a su altura, le enfocó a la cabeza, la máscara cubría casi todo su rostro, pero dejaba ver algunas partes de la cara. Eso fue lo que estremeció a Grisha. La barbilla de aquel ser ya no era tal, ahora en su lugar asomaba hueso con pedazos de carne putrefacta colgando. Tenía una sola oreja, carcomida por el hielo y las bacterias. Su voz era un gemido ronco.
            Fue cuestión de un segundo, el ser se le abalanzó; intentaba desprenderse de la máscara de gas al tiempo que le agarraba por el brazo. Era como si quisiese morderle pero no podía. Grisha se dio cuenta que sus manos estaban descompuestas cuando al intentar despegarlas de su brazo la carne se le deshizo entre los dedos. Pero el ser seguía infatigable peleando por tirarlo al suelo y en un momento del forcejeo la máscara se desprendió y Grisha sintió de cerca lo que era el horror.
            Aquello era un cadáver, una masa de pus y piel que estaba en pie e intentaba morderle. El corazón de Grisha latía tan deprisa que sentía dolor cuando respiraba, se fatigaba por momentos y aquel ser permanecía imbatible. Cuando pensaba que las fuerzas le iban a abandonar y que iba a quedar a merced de aquella boca de color ocre de donde salía una asquerosa baba grisácea, fue entonces cuando el culatazo de uno de sus compañeros o mejor dicho “guardaespaldas” del ejército que vivía en la base, le reventó el cráneo de un solo golpe.
            Vladimir no tenía miramientos ni demasiados prejuicios para matar a una persona; ya lo había hecho muchas veces en la guerra de Chechenia y con aquello no tenía ni para empezar. Vladi era extremadamente cruel.
            Grisha se incorporó con dificultad, estaba extenuado y tenía miedo, lo que había visto aun no lo entendía. Solo pensaba en llevar al laboratorio lo que quedaba de aquel ser y hacer un estudio preliminar que le ayudase a comprender que era aquello que le había atacado.
            Antes de bajar a la tercera planta; Grisha pudo ver en el horizonte una enorme luz que se sumergía en el océano helado mientras rompía las enormes placas de hielo que cubrían la superficie.

domingo, 8 de abril de 2012

La Era de los Muertos _ por Segu Miguens

CAPÍTULO 1.1. LOS AVISTAMIENTOS - (OCÉANO PACÍFICO, AL SUR DE LAS ISLAS MARIANAS). 

            El “Abismo de Vitjaz” no es un concepto imaginario, es una imagen real que representa la fosa abisal que existe entre las Islas Marianas, Filipinas, China y Japón. Con una profundidad estimada de once mil metros, esta sima marina ostenta el record de ser la fosa más profunda del planeta y también uno de los puntos más misteriosos que se conocen, por detrás del triángulo de las Bermudas. Considerando su profundidad, sería muy complicado poder encontrar los restos de las desapariciones que se han producido en estas aguas.
            Pero no todo son misterios y rumores, esta zona siempre ha ofrecido a la comunidad científica enormes posibilidades para la investigación acerca del origen de la Tierra, el descubrimiento de nuevas especies y la posibilidad de experimentar con ingenios mecánicos de última generación en las terribles presiones que se dan en este precipicio marino.
            Takeshi, es japonés, trabaja como investigador para una gran empresa farmacéutica con sede en Japón. Desde que era pequeño, siempre le han fascinado los minerales, fue su abuelo quien le enseñó a buscarlos y observarlos, a creer en sus propiedades curativas y espirituales. Luego, cuando se hizo mayor, también comprendió que los minerales tienen otras muchas aplicaciones.
            Era un lunes por la mañana, muy temprano y Takeshi, junto con dos de sus colaboradores más cercanos volvían a Japón después de pasar una semana en aguas filipinas, justo encima de la Fosa de las Marianas, en una misión de exploración e investigación del lecho marino. En concreto, debían recabar toda la información posible acerca de aquel punto del océano. La temperatura de sus aguas, su composición, la composición de su lecho y el cartografiado por guía laser de todo el perímetro que pudiesen. Era una misión conjunta con otros científicos de 5 países.
            Takeshi, ahora rumbo a Japón, está en su camarote, recostado en su cama y mirando hacia el ojo de buey, recuerda con nitidez lo que sucedió el tercer día de investigaciones. Cierra los ojos para poder visualizar mentalmente lo ocurrido y acabar de asimilarlo:
            El gran “Ojo de Halcón”, que era así como le llamaban al batiscafo de fabricación conjunta Chino – Japonés, era la máquina más potente jamás inventada para la exploración de las profundidades marinas. En aquel momento ya se encontraba a unos 8 mil metros de profundidad. Iba descendiendo por el borde de una gran pared que se perdía en la profundidad del abismo, de esta forma podía ir recogiendo muestras de minerales y también realizando fotografías y grabaciones de la pared, lo que podría arrojar datos sobre su antigüedad y la exposición a las grandes presiones.
            Takeshi iba comentando con sus colegas como gran parte de las imágenes que les iba retransmitiendo “Ojo de Halcón”; se correspondían en su mayor parte con rocas de origen volcánico y lo mucho que le gustaría encontrar algún hallazgo interesante, sobre todo para la generación de nuevos productos farmacéuticos hasta la fecha desconocidos. De vez en cuando podían ver algún que otro tipo de calamar aun no clasificado, peces abisales de tamaño diminuto, pero fundamentalmente, lo que se percibía era la gran oscuridad del mar, una soledad que por veces les hacía encoger el corazón.
            Takeshi se quedó un rato más en el camarote científico mientras el resto preparaban la cubierta para el izado del batiscafo, habían decidido que al día siguiente realizarían el descenso completo a los once mil metros.
            Mientras el resto se afanaba por despejar la cubierta, Takeshi se encendió un cigarrillo y se reclinó en su silla, mirando las imágenes de las rocas que retransmitía “Ojo de Halcón”. Pero hubo algo que lo sobresaltó, un ruido que al principio le pareció cosa del mecanismo de la cámara de grabación, pero que luego parecía como si algo estuviese arañando la superficie de acero y titanio del sumergible. Estaba absorto en el ruido, cuando pudo ver, en apenas tres segundos una escena que lo dejó petrificado:
            La videocámara enfocó lo que parecía una mano, pudo apreciar como apenas quedaban restos de la carne que recubrían sus huesos, de las falanges colgaban pequeños pingajos de piel putrefacta y le faltaban dos dedos. Tenía un color blanco apagado, y los restos de algo que parecían pequeñas venas flotaban con el movimiento de la corriente marina.
            Cuando Takeshi aun se estaba frotando los ojos ante la incredulidad que le producía aquella visión sucedió algo increíble, la mano se movió, y agarró férreamente la base de la antena de radio. En ese momento, una luz iluminó toda la pantalla del ordenador y justo antes de producirse un ruido sordo, se hizo la oscuridad total. El ordenador de Takeshi, se había apagado y pronto un olor a quemado inundó toda la habitación.
            Para cuando salió a la cubierta, “Ojo de Halcón” salía del mar. Solo pensaba en lo que había visto, y que pudo ser todo fruto del cansancio y la imaginación.
            Aparentemente no había ningún cuerpo ni extremidad agarrada al batiscafo, y cuando parecía que todo estaba en orden y solo había sido una alucinación, uno de los científicos chinos, se maldecía y vociferaba gritando que todo el circuito cerrado de grabación había quedado inservible, no funcionaba nada. Aquello, hizo que el corazón de Takeshi empezase a latir más y más deprisa, se acercó corriendo a “Ojo de Halcón” y pudo comprobar con horror, como en uno de los laterales forrados con fibra de vidrio habían quedado unas marcas que parecían, sin lugar a dudas, unos arañazos realizados por algo con una enorme fuerza.
            Ese algo, él sabía lo que era, lo acababa de ver en su ordenador 20 minutos antes.

martes, 20 de marzo de 2012

La Era de los Muertos _ por Segu Miguens


CAPÍTULO 1: LOS AVISTAMIENTOS - MONTSERRAT (CATALUÑA, ESPAÑA)
           
La noche y la oscuridad son casi siempre el refugio de lo oculto, lo misterioso, de los sueños y lo que creemos que es imposible. La noche, supone miedo, tranquilidad o terror; no se puede evitar, son sensaciones humanas, o por lo menos eso se creía. Esta es una historia que comienza una noche de mucha niebla; en las cimas de la montaña de Montserrat.
            Desde décadas atrás, muchas personas y grupos se reúnen y juntos van a observar el cielo desde lo alto de la misteriosa montaña de Montserrat, en Barcelona. Buscan indicios, una visión que les confirme que existe vida extraterrestre y poder sentir el extraño poder que despide esta montaña que ha sido siempre identificada como mágica.
            Una noche de hace varios años, un grupo de estudiantes de segundo ciclo de Astronomía, se dirigieron a la montaña para pasar un sábado diferente, disfrutando con sus compañeros de la posibilidad de escrutar los cielos nocturnos y observar los planetas desde un punto privilegiado y limpio de la contaminación lumínica que producía Barcelona y las ciudades cercanas.
            Aquella noche Pau, llevaba su gran telescopio, un Celestron de la serie 800, le había costado prácticamente el importe de la beca que se había ganado estudiando muy duro durante todo el año anterior. Era un verdadero ingenio, se conectaba con el portátil y transmitía todo aquello que iba detectando en el cielo y también se podía alinear según las coordenadas que se le diesen. Para esa noche lo tenía claro, quería ver la constelación de Orión. No era la primera vez que la observaba, pero sí desde aquel punto prominente. Le dio las coordenadas al ordenador y enseguida el telescopio se empezó a mover hasta que quedó fijo en un punto; estaba nervioso, quería grabar, guardar montones de imágenes y poder estudiar bien de cerca aquel cúmulo de estrellas que siempre le habían atraído.
-         ¡Eso es!, una calidad impresionante. Estaré toda la noche observando el universo. - Dijo en tono bajo, casi como un susurro.
            Cuando ya eran las dos de la madrugada, sus amigos empezaron a hablar entre ellos, comentando el devenir de la jornada y echando un poco de café caliente acompañado de galletas para aguantar un poco mejor el fresco de la noche. Pau quiso hacer lo mismo y sacó su termo de la mochila, al tiempo que se sentaba encima de una roca que le hacía de banco improvisado. Con el vaso de plástico en la mano, miró al cielo y pensando en Orión, pudo ver como una luz muy fuerte se presentaba a varios kilómetros de ellos por encima de sus cabezas.
-         Pero ¿qué coño es eso?, - decía en voz alta mientras todos apuntaban rápidamente con sus telescopios hacia la luz que se iba acercando a gran velocidad.
            De repente, aquella potente luz se acercó a menos de medio kilómetro de ellos haciendo giros imposibles y piruetas que jamás habían visto. Pau lo estaba grabando todo. Antes de que aquello desapareciese emitiendo un fogonazo y sin emitir ruido alguno, pudo distinguir, que lo que impresionaba no era la potente luz, sino lo que se ocultaba tras ella. Detrás de la luz, se podía intuir una sombra enorme, calculando las proporciones a ojo, Pau determinó que podría medir cerca de los diez mil metros cuadrados, casi tanto como un campo de fútbol.

            A los pocos segundos, aquello desapareció sin dejar el mínimo rastro. Todos estaban asombrados y a la vez muertos de miedo. Pero el asombro fue mayor cuando comprobaron que sus aparatos, tanto el telescopio como los ordenadores, se habían quemado literalmente, todos sus componentes electrónicos se habían derretido.