sábado, 26 de junio de 2010

DEVASTATION. Capitulo 4-Parte 1

Capítulo 4

Hogar, amargo hogar.

Parte 1

Los rayos del sol se escondían tras las nubes dispersas, proyectando un tapiz de oscuras sombras sobre los bosques y praderas, que semejaba las manchas de una descomunal piel de animal extendida sobre todo el territorio. Al volante, Rowie conversaba animadamente con Rosemary mientras Stacie, sentada junto a la ventanilla, observaba el vasto paisaje con un gesto de desagrado.

- ¿Y tú Stacie?- le preguntó Rowie al verla tan apartada de ellos, aún estando a escasos centímetros.

- ¿Qué?- dijo, fingiendo ignorar el tema de conversación.

- ¿De donde eres?, yo soy de Utah, de Tooele, la ciudad de las plantas rodadoras jajaja.- rió con la vista en la carretera y una - y Rosemary de Erie en Pennsylvania, ¿y tú Stacie, de que inhóspito lugar eres?- pregunto Rowie con tono burlón quitando los ojos de la carretera por un segundo.

- Phoenix...- respondió Stacie con sequedad.

- ¡Vaya Arizona, tengo amigos allí! ¿y cómo es que acabaste en Missouri?- preguntó Rowie de nuevo, obligando a Stacie a dar mas detalles sobre ella.

- Diferencia de opiniones.- volvió a responder sin mirarlo.

- ¿Diferencia de opiniones?- Rowie continuaba con el pulso entre ellos dos por traspasar la coraza bajo la que se escondía.

- Ellos pensaban que a un hijo se le educa mediante palizas y yo no.- respondió, dejando a todos en la cabina helados.

Un silencio absoluto pareció tragarse el aire en la cabina, dejando un vacío insalvable entre ellos. Incluso el ruidoso sonido del motor y los crujidos de la carrocería al toparse con un bache se volvieron inapreciables.

- Una vez, cuando yo tenía cinco años, mis tres hermanos mayores casi prenden fuego la casa de mis padres.- Rosemary interrumpió el incómodo silencio que se había instalado entre ellos.- Era Acción de Gracias y recreaban una pequeña función vestidos como indios y soldados en la entrada del garaje. La sábana que habían colgado con unos árboles y un sol pintados se levantó por la ligera brisa que soplaba y se posó suavemente sobre una pequeña hoguera que muy inteligentemente habían colocado junto a ella.- la historia de Rosemary empezó a captar la atención de Stacie y Rowie.

Mi padre corrió a apagar el fuego con un pequeño extintor que llevaba en el coche cuando un trozo de la sábana ardiendo salió volando hasta caer sobre el suelo húmedo cerca de una garrafa roja de gasolina. Imaginaos, la garrafa explotó en una bola de fuego enorme que casi alcanza a mi padre y que quemó el garaje y por poco la casa entera. Cuando la policía y los bomberos se fueron, mi padre se reunió en la cocina con mis hermanos. Lo único que sé es que no volvieron a ver la luz del día en meses jeje.- Rosemary se rió con su innata timidez, poniéndose la mano sobre la boca.

Una leve sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en el rostro de perfil de Stacie.

- Tantos chicos en una misma casa es peligroso, demasiada testosterona en ebullición.- agregó Rosemary con una intención maliciosa nunca antes vista en ella.

- Pues en mi casa éramos tres chicas y dos chicos, y nos traían de cabeza con sus cantantes guaperas y sus turnos interminables en el baño. Las chicas son peores que los chicos sin ninguna duda.- dijo Rowie, devolviendo el dardo envenenado a Rosemary.

- ¡Oye! ¡Eso no es cierto!-ella le golpeó con simulada rabia en el brazo.

Stacie se descubrió sonriendo con aquellos dos panolis flirteando de la forma más inocente, quizás sin que ellos mismos se dieran cuenta de que lo hacían. De lo que ella si se dio cuenta es de que por un momento había bajado la guardia y enseguida se apresuró a recuperar la compostura.

En la parte trasera de la pick up Ben estaba tumbado inconsciente. A ambos lados de él Martin permanecía en guardia, empuñando el fusil sobre el pecho con el dedo índice extendido sobre el gatillo, y yo mirando la línea de árboles de un lejano bosque con el único pensamiento en mi cabeza del paradero de mí hermana.

Miraba hipnotizado la larga y estrecha carretera extendida delante de nosotros, adormecido por el incesante zumbido del motor y el movimiento ondulante del coche sobre la irregular carretera.

- ¿Has servido en el ejército?- su atuendo militar y su gran destreza con el fusil apuntaban a ello.

- Sargento Martin Reyes del Cuerpo de Marines de Los Estados Unidos.- respondió como si cada palabra estuviera atada a la siguiente y formara parte de un honorable salmo repetido hasta la saciedad.

- ¿Has estado desplegado?- seguí tirando del hilo.

- La Guerra del Golfo.- dijo sin mirarme, comprobando los mecanismos de su ametralladora.

- Vaya, eres todo un veterano de guerra. Tu familia debe estar muy orgullosa.-

- Si… Lo estaban.- su tono de voz se desplomó.

Al pronunciar el verbo “estar” en pasado, una pesada roca con el letrero “IMBÉCIL” cayó sobre mi cabeza.

- Lo siento, no sabía que…- intenté enmendar mi torpeza.

- Tranquilo.- le restó importancia a mi colosal metedura de pata.

- ¿Qué les ocurrió…?- le pregunté sin pensarlo, y temí que con toda la razón me reprendiera duramente por mi irrespetuosa curiosidad.

- Estábamos durmiendo y mi hija gritó en su habitación. Un grupo de infectados había entrado por su ventana. Conseguí acabar con todos pero ya era demasiado tarde. Estaba en un rincón de la habitación, tumbada boca abajo en medio de un charco de sangre- las lágrimas resbalaban en tropel por la cara de Martin mientras luchaba por no romper a llorar.

De repente oí gritar a mi mujer. Cuando llegué a nuestra habitación un infectado estaba sobre ella en la cama intentando morderla. La había herido de gravedad en el cuello pero aun así ella seguía defendiéndose. Murió en mis brazos ahogada en su propia sangre. Entonces, aún no sabía que quienes son heridos por esas cosas vuelven a la vida poco después de morir. Así que, la tumbé en la cama y la cubrí con la sábana.- niega con la cabeza sin asumir todavía lo vivido aquella misma madrugada o quizás la anterior- Poco después se levantó…, sin más. Para entonces yo estaba en estado shock. Era demasiado para asimilar, un infectado le había desgarrado la mitad del cuello, se había desangrado sobre mis brazos y estaba allí…de pie.- vuelve a negar levemente con los ojos fijos en la nada.

Estaba allí, inmóvil junto a la cama de espaldas a mí. Entonces la llamé por su nombre y se giró hacía mi. En cuanto me vio, saltó sobre la cama y se me abalanzó antes de que me diera tiempo a reaccionar. Yo no entendía nada, intentaba morderme y yo no dejaba de repetirle que era lo que le pasaba, le decía “¡¿Cariño que te ocurre?!” pero no me escuchaba, ya no era ella.

Tuve que…- las palabras se le atascaron en la garganta y tragó, intentando deshacer el nudo que le impedía hablar.- la empujé sobre la cama y la apunté con mi pistola. Le murmuraba “no me obligues por favor cariño, no me obligues”, pero volvió a correr hacia mi y tuve que hacerlo, le disparé dos veces en el corazón.- bajo la cabeza y se quedó en silencio un momento.- Pero no…- niega con la cabeza- eso no la mató. Se volvió a incorporar y cargó de nuevo contra mí con la misma energía. Así que, levanté mi pistola y volví a dispararle. Pero esta vez le disparé en la cabeza. ¿Qué podía hacer?- rompió a llorar cubriéndose la cara con la mano sin emitir ningún sonido.

No sabía muy bien que se debe hacer en esas situaciones, por lo que preferí dejar que se desahogara y drenase toda la ponzoña que lo intoxicaba desde dentro. Me avergüenza decir que en aquel momento me pregunté que había pasado con su hija asesinada, ¿Se habría transformado en una de aquellas cosas? y de ser así, ¿como había reaccionado Martin? Por supuesto no me atreví a preguntárselo y desde entonces me odie a mi mismo por albergar semejantes pensamientos.

- ¿Y tú, tienes familia Charlie?- me preguntó ya repuesto tras rememorar el traumático suceso.

- Mi hermana Alex. Estaba trabajando en Kansas City cuando estalló toda esta locura. Por suerte logró escapar a tiempo y en este momento estará esperándome en casa.- dije con la intención de tranquilizarme a mi mismo y borrar de mi mente las malas sensaciones.

- ¡Mirad!- exclamó de repente Rowie, señalándonos el extraño objeto no identificado sobre la hierba más allá de la cuneta.

Un objeto rojo brillante resaltaba sobre el verde mate de la hierba a un kilómetro. A medida que nos acercábamos, aquel objeto se nos antojaba más familiar y a poco más de quinientos metros se hizo evidente que era un coche accidentado. Nos aproximamos lentamente a su altura, aminorando la velocidad sin detenernos del todo para ver si había alguien atrapado en su interior a quien pudiésemos ayudar. Hasta el momento, el grave estado en el que había quedado el vehiculo me había impedido darme cuenta de algo que mas tarde hizo que el corazón me diera un vuelco en el pecho.

Observando aquel coche deformado, a duras penas identificable como tal, lo reconstruí mentalmente, intentando averiguar la forma que tendría antes de sufrir el accidente, y el resultado, el vehiculo que surgía en mi cabeza de aquel amasijo, era un Mazda MX. Un maldito Mazda MX, mi hermana conducía un Mazda MX rojo fuego.

Aporreé el techo de la cabina para que Rowie se detuviera y salté de la camioneta movido por una voluntad ajena a mí.

- ¡! ALEEEX!! ¡! ALEEEX!!- gritaba con todas mis fuerzas mientras bajaba el terraplén hasta la explanada donde descansaba el coche amorfo.

Una pegatina en la que se leía “He sobrevivido a un rodaje con Billy Bob Thornton” en la parte trasera del maletero retorcido confirmó el peor de mis temores, efectivamente era el coche de Alex. Corrí a mirar en el interior, preparándome para lo peor. Pero lo único que había era los airbags deshinchados que se habían disparado en el accidente y que yacían desparramados como un par de vejigas blancas, escupidos desde el interior del volante y el salpicadero.

Me sentí aliviado al ver que mi hermana no estaba dentro del coche. No obstante, una vez más la sensación de habérseme escapado de entre los dedos me llenó de frustración. Ninguna pista de cómo había ocurrido ni de donde había podido ir, tal vez herida y desorientada. Solamente las marcas en el asfalto, atestiguando el momento en el que el coche se había descontrolado, y los esfuerzos de mi hermana en forma de zig zag por controlarlo, antes de salirse de la calzada y dar varias vueltas de campana.

De nuevo en marcha, rastreaba los alrededores esperando ver a mi hermana deambulando desorientada por los bosques o por la cuneta de la carretera. Entonces me fijé en que el pecho de Ben no se movía. Puse mi oreja sobre su boca y al ver que no respiraba, le busqué el pulso en la muñeca sin suerte. De inmediato me apresuré a realizarle el masaje cardio-pulmonar, pero tras más de cinco minutos realizándole compresiones sin éxito Martin me detuvo.

- Ya no hay nada que hacer. Ha muerto.- me dijo con tono calmado, poniéndome la mano sobre el hombro para reconfortarme.

El cuerpo de Ben estaba frío, su color era pálido y amarillento, completamente cadavérico. Había muerto mucho antes de que yo me diera cuenta de que había dejado de respirar. Finalmente había sucumbido a la infección, después de escasas horas de ser herido, lo que me pareció algo muy preocupante. La velocidad con la que actuaba esa enfermedad era apabullante.

Le echamos por encima una lona que había en la parte trasera de la camioneta y que habíamos utilizado para abrigarlo al subir en ella. De pronto, después de un minuto de haber confirmado su muerte, la lona verde comenzó a moverse y debajo de ella Ben se despertó.

- ¿B…BBe…Ben…?- balbuceé a punto de hacérmelo encima.

Se incorporó y la lona resbaló sobre su cara, descubriendo su rostro desencajado. Las escleróticas de sus ojos estaban repletas de vasos sanguíneos rotos y dilatados, lo que otorgaba a sus ojos una espeluznante apariencia casi amenazante. Sin previo aviso, se me abalanzó súbitamente, agarrándome con una fuerza inusitada mientras intentaba clavarme los dientes en el cuello. Martin actuó con rapidez, lo sujetó por detrás y lo apartó de mí mientras se retorcía, intentando morderle. Con un rápido gesto Martin le torció el cuello y lo desnucó con un desagradable sonido al fracturarle las vértebras cervicales. En una fracción de segundo el infectado convulsivo se convirtió en un cuerpo flácido e inerte.

Enterramos el cadáver en un bosque próximo y marcamos su tumba con una cruz hecha con dos ramas atadas, en la que grabamos su nombre y la fecha de su muerte. Ni siquiera pudimos poner su apellido ni su fecha de nacimiento. Tan solo un nombre y una fecha que posiblemente nadie descubriría y que quizás acabaría por olvidarse. La peor de las muertes, una avocada al olvido. Así pues, reunidos en torno al montículo de tierra removida en medio de aquel lúgubre bosque le presentamos nuestro respeto a los restos de Ben y proseguimos con nuestro viaje.

Finalmente llegamos a casa de Bob cuando serian alrededor de las ocho de la noche, el sol comenzaba su descenso hacia el horizonte anaranjado y el panorama con el que nos encontramos no era nada alentador. La puerta principal estaba abierta de par en par, desclavada de sus bisagras, y uno de los entablados de las ventanas estaba destrozado. Martin y yo nos preparamos para acceder al interior pistola en mano. Él entró primero con su rifle M4 y yo le seguí, cubriéndole las espaldas con mi Glock. Los rastros de sangre coagulada seguían en el parque del suelo, el empapelado floreado de las paredes y los cuadros familiares del pasillo que llevaba a la cocina. Claras señales de la irrupción de infectados en la casa y de la posibilidad de que aún se encontraran allí.

Yo seguí recto hacia la cocina y Martin subió las escaleras para registrar el piso de arriba. Había cartuchos disparados de escopeta desperdigados por el suelo de la cocina que conducían hasta la puerta del jardín trasero. Abrí la puerta mosquitera que chirrió al empujarla lentamente y salí afuera. Tampoco allí estaban Bob, Esther ni las niñas. Entonces vi que las puertas del establo estaban abiertas y fui a investigar.

Los caballos no se encontraban allí ni sus monturas tampoco, lo que descartaba que se hubieran escapado. Entonces lo comprendí todo. Los infectados habrían conseguido irrumpir en el interior de la casa pero conociendo a Bob, tendría un plan B, un plan de huida. Seguramente habría dejado los caballos preparados con provisiones y listos para salir pitando en cuanto se vieran obligados.

Volví al interior de la casa aliviado al saber que los Mcknight estaban a salvo.

- Todo despejado.- me informó Martin tras confirmar que la casa estaba limpia de infectados.

- Bien. Empieza a anochecer, creo que lo mejor seria pasar aquí la noche y decidir mañana lo que hacemos.- le sugerí a los demás colocados entorno a mí.

- Si, creo que es lo mejor.- dijo Rowie asintiendo con la cabeza.

- Si, yo también.- le siguió Rosemary.

- Debemos reparar los daños causados en las ventanas y puertas como podamos y asegurar las vías de acceso. Lo mejor seria que durmiéramos todos juntos en el piso de arriba e hiciéramos turnos para dormir- sugirió en base a su extensa experiencia militar.

- Si, hagámoslo.- la experiencia militar de Martin nos era muy útil en las cuestiones tácticas y estratégicas.

Recompusimos los entablados de las ventanas y volvimos a clavar las puertas en sus marcos, y con la última luz del día nos parapetamos en el piso de arriba para pasar la noche. Siguiendo los consejos de Martin, elegimos la habitación de matrimonio por contar con un par de características básicas que la hacían más defendible que las demás: estar al final de un estrecho pasillo y poseer una sólida puerta de roble macizo.

Mientras nosotros aviábamos el dormitorio colocando los colchones recolectados de las demás habitaciones en el suelo, Martin dispuso una hilera de copas de cristal en lo alto de las escaleras las cuales había cogido del mueble del comedor donde Esther guardaba la vajilla. Según él, nos serviría de aviso si algún infectado entrase en la casa y decidiera subir al segundo piso.

Cerramos las cortinas, atrancamos la puerta e intentamos conciliar el sueño, algo nada fácil con la constante amenaza de los infectados en nuestras cabezas. Martin colocó una gran cómoda entre la puerta y él, y se situó en un lado de la habitación desde el que tenia una visión directa de la puerta. Se sentó en una silla, ametralladora en mano, y se preparó para hacer el primer turno de la noche.

miércoles, 9 de junio de 2010

DEVASTATION. Capitulo 3

Por Josue Fajardo Hermogenes

CAPITULO 3
El camino a casa.

Entre chispas la yanta desprovista de neumático arañaba el asfalto con un incesante chillido metálico. Tras muchos kilómetros, mantener la dirección bajo control y que el coche no derrapase por la diferencia de tracción entre ambas ruedas traseras, se había convertido en una tarea agotadora. Además, produciendo tal estruendo éramos como un reclamo para los infectados allá por donde pasábamos.

En algunas de las poblaciones periféricas a Kansas City MO nos topamos con hordas de infectados que se alejaban de la ciudad arrasada. Deambulaban cabizbajos, ansiosos o frenéticos, extendiéndose por el territorio como una infección en un organismo. Hacíamos todo lo posible por eludir esos grupos o evitar llamar su atención, pero con la yanta chirriando sobre la carretera y alertándolos de nuestra posición, era como tañer la campana del almuerzo.

En esas ocasiones los infectados parecían reanimarse, abandonaban su marcha parsimoniosa y corrían tras el coche con un ansia salvaje. Debido a la rueda que carecía de neumático, nos era muy difícil alcanzar mucha velocidad sin que el coche fuera susceptible de patinar y descontrolarse, por lo que los infectados se acercaban a veces tanto que llegaban a aporrear la luna trasera mientras veíamos aterrorizados las expresiones de furia de sus rostros.

Concientes de que era cuestión de tiempo que no lográsemos escapar de los infectados y alguno de nosotros resultara herido, cambiamos la rueda afectada en cuanto pudimos. Nos detuvimos unos minutos en una solitaria carretera de tierra que serpenteaba en los límites de un bosque y Rowie se dispuso a colocar la rueda nueva. La autopista 71, que recorre verticalmente los condados al oeste de Missouri, pasaba a escasos setecientos metros de donde nos encontrábamos. Desde nuestra posición oteamos la parte alta de la autopista, que se elevaba sobre gruesos pilares a quince metros de altura, intentando averiguar el origen de lo que parecían unos gritos.

Se podía vislumbrar la parte superior de los vehículos, que sobresalían por encima de la barrera exterior de la autopista. Como era de esperar en una vía principal, estaba absolutamente saturada de vehículos a lo largo de toda su extensión. Kilómetros y kilómetros de embotellamiento en ambas direcciones hasta donde podía atisbar. Intente averiguar lo que estaba pasando allí arriba, entornando los ojos en un gesto intuitivo para enfocar la lejana imagen de la autopista. Entonces advertí la presencia de unos individuos, un grupo de aproximadamente una docena poco mas que unas oscuras figuras desgarbadas, corriendo hacia el extremo sur.

Corrían junto a los coches a toda velocidad como atraídos por el aroma de una presa cercana. Pasaban junto a una caravana cuando, de detrás de un coche rojo que estaba detenido justo delante, salieron un par de mujeres huyendo. Gritaban y corrían mientras aquellos individuos iban tras ellas. Uno de los infectados atrapó a la mujer que iba detrás por su larga melena y cayo al suelo de espaldas, desapareciendo bajo un grupo de infectado. La otra mujer, al ver que no tenía escapatoria y que le seria imposible escapar de sus rápidos perseguidores, prefirió tirarse al vacío a caer víctima de sus dentelladas.

La mujer se preparaba para saltar a la carrera el guarda carril sin importarle los quince metros de altura que la separaban del suelo, pero justo en el momento en el que daba el impulso para saltar desde el borde de la autopista, unos brazos la agarraron de la camiseta y tiraron de ella con violencia hacia el interior de la carretera. Los desesperados gritos de la mujer se siguieron escuchando con nitidez desde detrás del muro de hormigón durante un breve instante antes de silenciarse bruscamente.

Una vez más habíamos tenido el dudoso honor de ser testigos de la atrocidad desmesurada de la que hacían gala los infectados. Miré a mi derecha y vi que Rosemary temblaba violentamente con los ojos fijos en la autopista. Rowie y Stacie también habían presenciado aquel horror pero ninguno se atrevió a pronunciar una sola palabra al respecto. Permanecimos allí en silencio, resignados a ver escenas como aquella a lo largo de nuestro viaje.

De vuelta en el coche vi que Ben no se había movido del asiento trasero. Tenía mal aspecto, por el espejo retrovisor advertí que estaba empapado en sudor y su herida, hinchada y enrojecida, parecía infectada. Aunque no nos procesábamos demasiado afecto, me atreví a preguntarle como se encontraba:

- ¿Estás bien Ben?- su aspecto era pálido y enfermizo.

- Si…- dijo apenas murmurando.

- ¿Seguro? Esa herida no tiene muy buena pinta, parece infectada.- insistí con temor a resultar pesado.

- Sí. Estoy bien.- me dijo con dureza y se levantó el cuello de la camisa para esconder la mordedura inflamada.

Con todos ya dentro del coche y la rueda nueva colocada volvimos a emprender la marcha tras aquel breve paréntesis en nuestro éxodo, lamentablemente turbado por el imparable avance de la infección.

La siguiente población a la llegamos fue un suburbio de clase media a veinticinco kilómetros al sur de Kansas City MO aparentemente desierto en el condado de Jackson. Los efectos del caos vivido a primeras horas de la mañana eran más que evidentes. La carretera estaba flanqueada por dos hileras de casas de una sola planta. Sobre el saludable césped de algunas ellas destacaban juguetes de vivos colores que contrastaban con la imagen de un barrio sumido en el caos. La calle estaba sembrada de infinidad de objetos como maletas de ropa abiertas con el contenido diseminado por todo el asfalto; cubos de basura metálicos volcados que habían vomitado su hediondo contenido, expuesto al asfixiante calor de la tarde; una lancha de doces metros “varada” en medio de la carretera, e incluso un exquisito piano de cola Steinway & Sons reducido a un montón de madera lacada en un negro brillante.

Conducíamos sorteando el sin fin de objetos que minaban la carretera, y sin previo aviso un humo blanco comenzó a filtrarse de debajo del capo del coche. De inmediato el ligero humo se convirtió en una densa columna que apenas dejaba ver más allá. A continuación el coche empezó a hacer ruidos extraños y a dar violentos tirones. Luego el pedal del acelerador dejo de responder y el motor dio unos últimos traqueteos antes de apagarse mientras el coche rodaba lentamente por inercia hasta detenerse.

Al levantar el capo una blanca y espesa nube de vapor de agua escapo del habitáculo del motor. Estaba K.O.: el radiador estaba completamente destrozado, chorreando agua por el duro impacto al aterrizar cuando sobrevolamos la alambrada del ejercito; la dirección tampoco había salido muy bien parada, estaba torcida y una de las ruedas había quedado girada irreparablemente hacia afuera, lo que contribuía a que el coche tendiera a desviarse a la izquierda.

No tuvimos más remedio que seguir a pie y buscar otro vehiculo con el que llegar a casa de Bob. Sin embargo, en la calle no se veía un solo coche que pudiésemos utilizar. Era evidente que los ciudadanos de las zonas suburbanas y periféricas habían tenido tiempo para cargar sus coches y huir del desastre que se les avecinaba. Por este motivo, las aglomeraciones de vehículos que taponaban calles enteras no habían tenido lugar en sitios como aquel. Excepto por los bienes personales perdidos o abandonados en la huida que atestaban las calles, no se adivinaba la figura de vehiculo alguno.

Caminábamos furtivamente a través de los jardines delanteros de las casas, avanzando encorvados en un gesto instintivo por mostrar el menor bulto posible. Entonces escuchamos ruidos en el interior de una de ellas, por delante de nosotros en la acera de enfrente. Nos escondimos tras el porche de la vivienda más cercana y observamos desde nuestro escondrijo. Contemplamos sorprendidos que se trataba de un par de saqueadores, desvalijando las casas abandonadas. Armados con fusiles automáticos y escopetas, cargaban con un enorme televisor de plasma hasta el jardín delantero, donde habían situado una gran camioneta pick up llena de material electrónico y demás objetos de valor. No obstante, aun siendo delincuentes armados hasta los dientes, su condición de simples personas y no de infectados caníbales, nos hacia sentirnos aliviados e incluso, en cierto modo, cercanos a aquellos tipos.

Discutimos en voz baja la posibilidad de pedirles que nos llevaran con ellos hasta las afueras del pueblo. Rowie y yo echamos en completo silencio una rápida mano a “piedra, papel y tijera”, y cuando su piedra machacó a mi tijera, me preparé para descubrirme ante aquellos individuos potencialmente peligrosos e incluso mortales. Tome una bocanada de aire como si la atmósfera se limitase a aquel rincón del porche y salí del escondrijo mostrando las palmas de las manos a la vez que luchaba porque mis temblorosas piernas no cedieran:

-¡¿Hola…?!- vociferé tímidamente, caminando muy despacio con las manos en alto.

Uno de los dos tipos, armado con una escopeta, hacia guardia fuera de la casa, y nada mas verme, me apunto con su arma:

- ¡Quieto! ¡No te muevas!- gritó con el cañón de su escopeta dirigido hacia mi

El otro, que salía de la casa cargando un DVD y un home cinema, los dejo caer al suelo y se apresuró a alcanzar su ametralladora, la cual tenía colgada a la espalda.

- ¡No disparen! ¡No disparen! ¡No soy una de esas cosas! ¡No disparen por favor!- me pare en seco y levanté aun mas los brazos, mostrando las palmas desnudas de mis manos.

El tipo de la ametralladora me apuntó temblorosamente y sin mediar palabra una ráfaga de proyectiles hizo saltar por los aires el césped delante de mí. Quizás fuera la necesidad de que nos ayudaran a salir de allí de una pieza, o sencillamente un estado de shock que agarroto cada músculo de mi cuerpo, pero lo cierto es que no me moví un solo centímetro de donde me encontraba mientras las balas silbaban a mí alrededor. Cuando las balas cesaron y abrí los ojos, vi que el tipo de la escopeta sujetaba baja el arma del otro a la vez que parecía estar echándole un rapapolvo. Entonces me di cuenta de que el tipo del fusil no era mas que un niño que no superaría los veinte años, a diferencia del otro que era considerablemente mayor. Quien sabe, tal vez fueran padre e hijo.

De improvisto un grupo de infectados como salidos de la nada, embistió a los dos tipos completamente por sorpresa. El chico abrió fuego erráticamente sin acertar en ninguno de los infectados y cuando vio que estaban a punto de echárseles encima salio corriendo hacia el interior de la casa. A diferencia de aquel, el otro tipo permaneció impasible sin retroceder un solo paso, descargando su escopeta contra los infectados. Logro derribar a tres de ellos, los cuales cayeron fulminados por el potente impacto de los cartuchazos casi a quemarropa. A uno le acertó en plena cara y el disparo redujo su cabeza a una atomización sanguinolenta de sesos y pequeños trozos de hueso.

Sin embargo, al cuarto infectado solo lo alcanzo superficialmente en el brazo izquierdo y no logro evitar que se le abalanzara salvajemente sin darle tiempo a cargar el siguiente cartucho en la recamara. En el suelo, con el infectado lanzándole zarpazos y dentelladas a poco centímetros de la cara, el hombre intentó alcanzar un puñal que tenia atado al tobillo. No obstante, apunto estaba de sacarlo de su vaina cuando dos infectados mas le asaltaron y le mordieron en la cara y el cuello, provocándole una violenta hemorragia que inundó de sangre la acera.

Tras caer el hombre y su férrea resistencia, los demás infectados fueron tras el chico que había huido al interior de la casa. Entraron atropelladamente por la entrada principal de la casa mientras los otros tres devoraban el cadáver mutilado del hombre, tendido sobre un enorme charco de sangre. Por un momento no se escuchó nada en absoluto y de repente, el sonido amortiguado de unas ráfagas de ametralladora, seguido de un grito desgarrador del chico suplicando por si vida, el cual se interrumpió súbitamente.

Retrocedimos discretamente hacia los patios traseros de las casas para rodear a los infectados sin arriesgarnos a que nos descubrieran. Saltamos las vallas de madera que delimitaban los pequeños jardines traseros, atravesándolos sigilosamente e inspeccionando el siguiente antes de acceder a el. Estábamos cruzando uno de los jardines mientras nos ayudábamos los unos a los otros a subir la valla, utilizando nuestras manos como improvisado escalón. Ben, cuyo estado había empeorado considerablemente desde que paramos para cambiar la rueda, tropezó con un cochecito de pedales que había junto a la piscina. Apenas conseguía mantenerse en pie, y aun así su orgullo le impedía aceptar nuestra ayuda incluso cuando casi no podía sobrepasar la valla.

Tras pasar al otro lado, no sin bastantes dificultades, Rowie fue el siguiente en hacerlo. Le ofrecí un apoyo con mis manos entrecruzadas y paso al otro lado. Entonces escuche un ruido en el interior de la casa, gire la cabeza hacia la casa y en el umbral de la puerta corredera del jardín había un infectado, mirándome estático con sus ojos inyectados en sangre. De la boca entreabierta le brotaba una espuma rosácea que le brotaba con cada exhalación y que le resbalaba pecho abajo.

De un solo impulso conseguí encaramarme vacilantemente en lo alto de la valla mientras el infectado corría hacia a mi. Entonces el infectado me agarró dolorosamente por el tobillo con una fuerza inusitada, lo que me hizo perder el equilibrio y caer. Quedé suspendido boca abajo por el otro lado de la valla, con el infectado tirando del extremo de mi pierna y Rowie y un maltrecho Ben haciéndolo en el sentido opuesto.

En el forcejeo, la pistola se me resbaló de la parte trasera del cinturón y cayo al césped. Entonces Rowie la recogió y sin titubear, apuntó al infectado a la cara y le disparó en el ojo izquierdo a poco más de un palmo de distancia. El ojo estalló con una explosión de sangre y humor vítreo, a la vez que la parte trasera del cráneo explosionaba, despidiendo trozos de cráneo en una proyección de encéfalo licuado. El infectado cayó dentro de la piscina, hundiéndose de inmediato hasta el fondo cual pedazo de denso plomo.

A continuación, del interior de un par de casas más salieron infectados atraídos por el alboroto tan indeseado por nosotros. Arañaban y clavaban sus uñas en la madera de la valla, que se desprendían de sus dedos al tirar y quedaban incrustadas en los tablones al impulsarse hacia delante para pasar al otro lado. Después de cruzar al último jardín que daba a una calle perpendicular, fui el primero en pasar al otro lado desde donde ayudaría a los demás a cruzar. Pero nada mas había puesto los pies en el hormigón de la acera, me encontré con un cañón apuntándome a la cara.

- ¡No dispare, no dispare! - las palabras salieron de mi boca por acto reflejo mientras el tipo me apuntaba a través de la mirilla de su fusil con una postura y una actitud muy…

- ¿Qué hacéis? ¿Sois saqueadores?- pregunto sin dejar de encañonarme, mientras los demás cruzaban la valla.

- ¡No, no, no! Solamente intentamos llegar a casa.- dije con las manos en alto sin dejar de mirar nerviosamente hacia la valla detrás de mi.

El tipo nos retenía a punta de ametralladora en la acera, desconfiando de nuestras verdaderas intenciones cuando de pronto una estampida de infectados irrumpió violentamente al otro lado de la valla, impactando con dureza contra ella. Todos, excepto el desconocido que empezó a abrir fuego contra los infectados, echamos a correr calle abajo sin importarnos que nos disparara. De pronto la idea de caer fulminados por las balas resultaba mucho más atractiva que agonizar lenta y dolorosamente mientras un par de infectados te despedazan a dentelladas estando tú aún con vida.

Con el sonido de las ráfagas de disparos retumbando detrás nosotros llegamos al cruce desde el que podíamos ver la camioneta de los dos saqueadores masacrados. Nuestro billete de salida de aquel barrio nos esperaba al otro lado de la calle en forma de una enorme pick up. No disponíamos del tiempo necesario para cerciorarnos de que todo estaba despejado, así que nos preparamos y corrimos tan rápido como pudimos.

Las llaves estaban aun en el contacto y Rowie se hizo cargo del volante mientras los demás subíamos rápidamente a la camioneta. Tras arrancar con el potente rugido del motor, piso el pedal del acelerador y las ruedas traseras, buscando la tracción necesaria para mover tal mastodontico vehiculo, derraparon en el blando césped que salio despedido por la parte de atrás. Entonces por la esquina por la que habíamos venido apareció el tipo armado corriendo apuradamente y detrás de él una horda furiosa de infectados.

-¡Sube, rápido!- le gritamos casi al unísono, extendiéndole las manos para subirlo a la carrera en la camioneta.

Los infectados le seguían de cerca, eran incompresiblemente veloces y al tipo le resultaba muy duro mantenerse fuera de su alcance. En un último esfuerzo exprimió las pocas reservas que le permitían correr a tal velocidad y con un breve pero intenso sprint salto a la parte trasera de la camioneta. Lo sujetamos por el chaleco con bolsillos llenos de municiones que llevaba, y lo metí dentro del habitáculo. Por fin Rowie pudo pisar al máximo el acelerador y logramos dejar atrás a los enloquecidos infectados que cesaron en su intento por darnos caza en cuanto nos alejamos.

Aun resollando por el gran esfuerzo realizado pero ya con relativa tranquilidad de dejar por fin atrás aquel lugar, me presente al desconocido.

- Hola, soy Charlie.- me presente tendiéndole la mano en un gesto de diplomacia con el desconocido.

- Reyes, Martin Reyes.- contestó, levantando levemente una de las comisuras de los labios.

La pequeña población quedaba cada vez más lejos y el alivio y sensación de victoria y optimismo que nos había embargado al lograr escapar de los infectados se empezaban a diluir en una mezcolanza de temores y preocupaciones que cada uno de nosotros albergaba en silencio y que aún tendríamos que afrontar.

sábado, 27 de marzo de 2010

DEVASTATION. Capitulo 2. - Segunda parte

Por Josue Fajardo Hermogenes

CAPITULO 2
Estado de sitio.

Parte 2

La puerta de cristal de la entrada del edificio estaba hecha añicos. Al entrar las paredes estaban llenas de salpicaduras de sangre y marcas de manos ensangrentadas, y en el suelo había un reguero de sangre que iba desde el mostrador de recepción hasta los ascensores. A juzgar por aquella espantosa estampa algo horrible había tenido lugar allí.

Me dirigí a los ascensores pero al apretar el botón no obtuve ninguna respuesta. No había corriente eléctrica en los ascensores por lo que tuve que subir por las escaleras los seis pisos que había hasta la planta donde trabajaba mi hermana. La adrenalina me ayudaba a que los calambres resultaran más llevaderos y que apenas me percatara de que los sufría. Sin embargo, no surtía efecto alguno en mis pulmones, que al llegar a la sexta planta me ardían en el pecho como si se cocieran desde dentro en brasas candentes.

La puerta que conducía a las oficinas estaba entreabierta y tenía manchas de sangre, algunas de ellas con formas palmares. Abrí cautelosamente la puerta pistola en mano para acceder a la zona de trabajo. Todo estaba en absoluta tranquilidad, no había presencia de infectados ni de otras personas. Un silencio sepulcral inundaba la planta, interrumpido ocasionalmente por sirenas y sonidos amortiguados de disparos lejanos. El suelo estaba cubierto de papeles multicolores y demás material de oficina esparcido por todos los pasillos. Los rastros de sangre continuaban por paredes, suelo y las puertas cerradas del ascensor al otro lado de la sala.

Me dirigía hacia la mesa de mi hermana, caminando entre los diminutos cubículos de trabajo cuando escuché algo al fondo, detrás de mí. Era un leve ruido al otro lado de la planta, procedente del interior de un despacho. Creí que habría alguien dentro e instintivamente grité el nombre de mi hermana:

- ¡Alex! ¡¿Alex eres tú?!- exclamé, deseando con todas mis fuerzas que fuera ella.

Al escuchar mi voz lo que estuviera dentro del despacho empezó a golpear con violencia la puerta, que apenas consiguió contenerlo unos segundos, hasta que la endeble cerradura cedió y la puerta se abrió con el crujido de las bisagras al romperse. Del interior salió disparado un tipo que al verme cargó hacia mí a toda velocidad. Era un hombre alto y delgado, con el pelo moreno engominado y vestido con un sofisticado traje de color gris brillante. Su cara estaba desencajada en un gesto indescriptible de furia y ansia irrefrenable, la cual irradiaba a través de sus ojos inyectados en sangre. Su boca abierta y ensangrentada mostraba su letal dentadura lista para despedazarme sin un ápice de remordimiento.

Permanecí allí estático con la pistola en la mano pensando que hacer mientras aquella bestia con forma humana cargaba contra mí. No dejaba de repetir en mi cabeza lo estúpido que era por andar gritando sin asegurarme de quien o qué quedaba aún en el edificio. Di unos pasos hacia atrás y levanté la mano pidiéndole que se detuviera:

- ¡Señor… por favor… deténgase! - le pedí mientras cargaba contra mí.

Aquel hombre siguió corriendo hacia mí sin dar la mínima señal de poder comprenderme. Entonces le apunté temblorosamente con la pistola y, entornando los ojos, apreté el gatillo. Le disparé dos veces, acertándole en el esternón y debajo de la clavícula izquierda. El tipo se desplomó de bruces en el suelo enmoquetado delante de mi. Miraba a aquel hombre tirado boca abajo en el suelo con los dos agujeros de las balas en su caro y hortera traje sin poder evitar pensar si realmente estaría infectado o si simplemente querría que le ayudase. Comenzaba a convencerme de que había matado fríamente a una persona inocente cuando aquel tipo abrió los ojos y empezó a moverse:

-¡Joder! ¡¿Cómo puede ser?! ¡Pero si le he disparado dos veces!- exclamé incrédulo. Di unos pasos hacia atrás para no caerme de culo de la impresión.

Aún con los dos balazos en el cuerpo aquel individuo seguía intentando incorporarse para darme caza. Se arrastraba por el suelo, rezumando un fluido oscuro por los orificios de bala. Del interior de su garganta borboteaba una secreción negruzca y burbujeante debido a la cuál producía un espeluznante grito ahogado. Espantado e incapaz de asimilar la grotesca realidad que se arrastraba por el suelo hacia mí, levanté la pistola y, apuntándole a la cabeza, abrí fuego. La bala le penetró por la frente y le atravesó por completo el cráneo. Un chorro de oscura sangre semicoagulada, bombeada irregularmente desde el interior de la cabeza, le mano del orificio abierto por el proyectil al salir por la parte trasera del cráneo. Aquel disparo en la cabeza consiguió que el tipo permaneciera, definitivamente, inmóvil en el suelo. Entonces me cercioré de que el ruido de los disparos no había atraído a mas infectados y continué buscando pistas del paradero de Alex.

En el cubículo de mi hermana todo estaba como lo había dejado antes de tener que huir: una foto de nosotros dos de niños con mama y papa en unas vacaciones de verano que fuimos al Gran Cañón en una visita a la tía MaryLou (hermana de mi madre) que vive en Arizona en el condado de Mohave; una taza medio vacía de café de Aerosmith ya completamente frío y un pequeño peluche de Garfield que había ganado para ella hacia tiempo en una feria (solo había sido capaz de acertar una vez en el tiro al blanco de las cinco necesarias para optar al premio, por lo que creo que el feriante me dio el peluche mas por compasión que por otra cosa).

La pantalla del ordenador había dado paso hacia tiempo a un salvapantallas animado de un fondo submarino de vivos colores. No conseguía encontrar ninguna pista de donde podría haber ido mi hermana. Ojeaba los papeles que había sobre la mesa cuando por accidente volqué la taza de café, que derramó su contenido sobre el teclado del ordenador y los papeles repartidos por toda la mesa. Mientras me apresuraba a salvar los documentos del frío café me di cuenta de que el salvapantallas se había desactivado al mover sin darme cuenta el ratón. Allí estaba. Un mensaje escrito de mi hermana:

Charlie voy a casa. Vuelve cuanto antes y ten cuidado por favor. Te quiero.

Alex.

Lo habría escrito cuando se hizo evidente la necesidad de huir de allí. Seguramente habría estado intentando ponerse en contacto conmigo de todas las maneras posibles y al serle imposible, decidiría ir al sitio que le parecía más seguro en esos momentos: la casa de nuestros padres. Dio por sentado que al igual que ella yo intentaría ponerme en contacto con ella y que al no conseguirlo, iría a buscarla de inmediato para ponerla a salvo. En tal caso lo único que podía hacer era mostrarme cuales eran sus planes y esperar conocerme lo suficiente como para que los descubriese, algo que acababa de confirmar.

Abandoné las oficinas y comencé a bajar las escaleras a toda prisa. De repente unos infectados irrumpieron en las escaleras unos pisos mas abajo. Alertados de mi presencia empezaron a subir atropelladamente las escaleras. Gritaban y jadeaban mientras yo luchaba con los atrofiados músculos de mis piernas para subir las escaleras y escapar de aquellos animales rabiosos que me pisaban los talones cada vez más. Entonces una voz femenina, procedente de los pisos superiores, me gritó:

- ¡Aquí! ¡Aquí, sube! ¡Rápido!- me exclamó una chica pelirroja tres pisos más arriba.

Hice un último esfuerzo y exprimí la poca energía que me quedaba en un desesperado sprint final. Al llegar, me colé por el estrecho hueco de la puerta entre abierta antes de que la cerraran rápidamente tras de mí. Varias personas empezaron a colocar contra la puerta mesas, sillas y demás mobiliario de las oficinas para bloquearla. Los infectados aporreaban la puerta, que se estremecía con cada impacto mientras nos apoyábamos contra ella para sujetarla, temerosos de que no soportara las fuertes embestidas.

Tras cinco minutos interminables los infectados cesaron en su intento por entrar y el silencio se hizo al otro lado de la puerta. Preocupado por si pudiesen entrar desde otro punto, le pregunté a los tipos que estaban sujetando la puerta junto a mí:

-¿No podrán entrar por otro sitio?- dije aún apoyado contra la puerta.
- No, sólo hay esta puerta y los ascensores, y los hemos inutilizado.- dijo un tipo alto y corpulento a mi lado.

Una vez la adrenalina volvió a unos límites razonables y nos pudimos permitir relajarnos, me giré hacia las personas que se habían dispuesto entorno a la puerta:

- Hola soy Charlie- me atreví a romper el hielo.
- Yo soy Ben- me dio la mano con firmeza, empujando a una chica al hacerlo. Un tipo alto y con gafas de unos veintiocho años. Una incipiente calvicie empezaba asomar por su coronilla y la parte alta de la cabeza. Era quien me había aclarado lo de los ascensores cuando estábamos apoyados contra la puerta.
- Yo soy Rosemary – una chica bajita y pecosa con una rojiza melena ondulada que me ofreció la mano con cierta timidez. Era la chica a la que Ben había empujado al tenderme la mano.
- Robert, pero puedes llamarme Robbie- dijo un tipo bajo y corpulento, tendiéndome la mano. Con el pelo corto y ligeramente engominado, llevaba una camiseta de manga corta a cuadros y una corbata marrón que descansaba sobre una abultada barriga. Inspiraba confianza y humildad, a diferencia de Ben que desprendía prepotencia y petulancia por cada poro de su grasienta piel.
- Ella es Stacie- me señalo Rosemary, refiriéndose a una chica rubia sentada sobre una mesa apartada del grupo. Con un elaborado maquillaje y una manicura impecable, mascaba un chicle con desgana. En lugar de tenderme la mano me regaló un leve saludo con la mano, acompañado de una pompa de chicle fucsia.

Se respiraba un sentimiento de incertidumbre y resignación en el grupo, que estaba disperso por toda la sala. Los miraba como permanecían sentados, inactivos sin que hacer nada para salir y escapar de todo aquello. No comprendía que se limitasen a esperar. ¿Pero esperar a qué? ¿A que empeorase la situación aún más? ¿A que los infectados lograsen por fin derribar la puerta? Era ridículo. Debía salir de allí y reunirme cuanto antes con mi hermana:

- Bueno, ¿y cuál es el plan?- pregunté esperando encender alguna chispa de animo en ellos.

Todos se miraron entre sí en silencio, esperando a que alguno diera la mala noticia:

- El plan es quedarnos aquí y esperar a que esta locura acabe. No serán más que unos hippies puestos de LSD y anfetaminas manifestándose para salvar la selva amazónica o unos estupidos demócratas idealistas exigiendo otra vez una reforma de la sanidad, o quizás una mezcla de ambos - dijo Ben imponiendo su pensamiento sobre el grupo.
- ¿Que? ¿Pero de que demonios estas hablando? ¿Dónde has estado las últimas siete horas? ¿A caso le has echado un vistazo a la televisión? ¿A caso has mirado por la ventana el caos que hay en las calles?- dije estupefacto por lo estupidamente ajeno que permanecía a todo el horror que se vivía en esos momentos en la ciudad.
- Bah…, yo ya se lo que esta pasando. Esto ya se vio en los disturbios de Los Ángeles de 1992. Entonces la gente acabó comprendiendo a base de disparos y botellazos que lo mejor era atrincherarte con un bate en donde te encontraras y esperar a que la policía controlara la situación. Y eso es lo que vamos a hacer: permaneceremos aquí, a salvo, hasta que las fuerzas de seguridad les den una patada en el culo a esos yonquis anarquistas y los metan a todos en la puta cárcel de por vida- decía una vez mas imponiendo su voluntad sobre los demás como un dictador en su propio reino sometido que era la planta en la que nos encontrábamos, y Stacie, Robbie y Rosemary sus súbditos.
- ¡¿Qué!? ¡Esto no tiene nada que ver con los disturbios de Los Ángeles Ben, esto es mucho más serio! ¡Esas personas no están drogadas, esas personas han sido infectadas por algo y están matando a todo el mundo sin contemplaciones! ¡Debemos salir de aquí ya, debemos ir a un lugar seguro!- le gritaba exasperado, intentando hacerle entrar en razón.
- ¿Salir? ¿Salir ahí afuera? Ni hablar. Esperaré a que la policía lo solucione y entonces podremos salir.- dijo Stacie sin dejar de examinar su manicura en busca de alguna imperfección.
- No pueden arreglarlo. Esto solo puede ir a peor. Está yendo a peor.- le dije sin creer su ingenuidad casi infantil respecto a lo que estaba ocurriendo.
- ¿Y que podemos hacer…?- se atrevió a preguntar Rosemary con una voz casi inaudible.
- Debemos salir de aquí, debemos irnos de la ciudad. Conozco a una gente que tiene una casa a las afueras, allí estaremos a salvo- les dije esperando que entraran en razón.

Se quedaron en silencio mirándose nuevamente entre sí. Ben los fulminaba a cada uno con una mirada con la que parecía pretender subyugarlos a todos bajo su voluntad:


- Me parece buena idea. - dijo Robbie, que había permanecido en silencio hasta entonces.- Es mejor que quedarse aquí a esperar.
- Y a mi…- le siguió tímidamente Rosemary...

Ben se quedó mirándolos sin creer que se atrevieran a cuestionar su decisión. Stacie y el seguían siendo reacios a irse, seguían teniendo la ingenua esperanza de que los acabarían rescatando.

- Es lo mejor que podemos hacer, aquí no nos podemos quedar. Tarde o temprano acabaran entrando- les dije señalando con la mirada la maltrecha puerta bloqueada con sillas y mesas, que empezaba a mostrar alguna que otra grieta.
- ¿Y cómo tienes pensado hacerlo mmm… Charlie? Los ascensores están fuera de juego y los yonquis esos nos esperan tras esa puerta.- preguntó Ben con cierta condescendencia, aunque al menos empezaba a mostrar cierto interés por la idea de salir de allí.
- ¿Los ascensores están definitivamente inutilizados?- pregunté.
- Pues claro. Yo mismo me los cargué.- se apresuró a contestar Ben con orgullo.
- Puede que no. Tal vez podría hacerlos funcionar de nuevo.- aclaró Robbie, frotándose la perilla en gesto pensativo.

Robbie y yo fuimos hasta el panel eléctrico que se encontraba en un pequeño cuarto al lado del ascensor. Ben no se había molestado en buscar los cables concretos y desconectarlos, sino que los había arrancado de cuajo indiscriminadamente. Rowie encendió la pequeña linterna, y sujetándola con los dientes, empezó a rehacer las conexiones. Después de un rato, y alguna que otra pequeña descarga, Robbie consiguió restablecer el suministro eléctrico en la planta y el ascensor.

Para nuestro desconcierto, a medida que el ascensor se aproximaba a nuestra planta se podía escuchar un leve gemido en su interior. Ben, Robbie y yo aguardamos delante de las puertas del ascensor preparados para lo que estuviera dentro. Ben portaba un palo de golf, yo empuñaba mi pistola de nueve milímetros y Robbie lo que parecía un trofeo transparente de metacrilato con forma piramidal en el que se leía en letras grabadas: “Al mejor manager comercial Aston Murray 2000”.

Cuando el ascensor llegó a nuestra planta, las puertas se abrieron con un pitido. En el interior yacía una mujer sentada en el suelo, apoyada contra una de las paredes del ascensor. Parecía estar muerta o eso habría sido lo normal ya que le sobresalían los intestinos del abdomen y la pierna izquierda la tenía completamente fracturada a la altura de la espinilla. Sin embargo, al reparar en nosotros pareció reanimarse y empezó a arrastrarse ansiosamente hacia nosotros con sus ojos vidriosos clavados en nosotros. Tambaleante, semejante a una persona ebria, se apoyo en el umbral de las puertas del ascensor y a duras penas logró ponerse en pie. Iba hacia nosotros arrastrando la pierna rota por la que asomaban los huesos a través de los músculos desgarrados y la piel:

- ¡Es Stephanie!- exclamó incrédula Rosemary al reconocer a la mujer.
- ¿Quién?- pregunté sin quitarle los ojos de encima.
- Es… la recepcionista – murmuró Robbie con el pesado trofeo en las manos.

Enseguida caí en la cuenta: el reguero de sangre que había visto en la recepción pertenecía a esa mujer. Tal vez la habrían atacado y, tras conseguir huir, se refugiaría en el ascensor hasta sucumbir finalmente a la infección.

Todos permanecían atónitos a una distancia prudencial, viendo como aquella mujer, aun con las vísceras colgando del abdomen, seguía caminando con relativa normalidad. Tuve la impresión de que era la primera vez que tenían un contacto tan cercano con la infección y veían de ese modo lo que ello significaba:

- ¡¿Pero que coño?! ¡¿Qué es eso?! ¡¿Como puede seguir andando con las tripas colgando joder; pero si tiene la pierna destrozada, es que no le duele?! ¡Joder!- grito Ben aterrorizado mientras mantenía el palo de golf delante de el a modo de espada, el cual se movía temblorosamente a medida que se acercaba la mujer a nosotros.
- Esto es lo que te estaba intentando explicar. ¿Qué Ben, crees que ira puesta de LSD?- le pregunté con sorna, aprovechándome de su estado de “cagaditis aguda”.

La mujer pareció decantarse por Ben, que al verse acorralado contra el dispensador de agua la golpeo con fuerza en el lado izquierdo de la cabeza. La recepcionista perdió el equilibrio sin remedio al no contar con más apoyo que su única pierna “sana” y cayo sobre una mesa cercana. Antes de que le diera tiempo a reaccionar la mujer se abalanzó sobre Ben y le mordió en el cuello. Ben consiguió quitársela de encima, y mientras le sujetaba los brazos para evitar las mortíferas dentelladas que lanzaba a escasos centímetros de su cara, Robbie aprovechó para acercársele por detrás y hundirle el pesado trofeo piramidal de metacrilato en el cráneo. La mujer se desplomó como si se tratara de una marioneta a la que le cortaran todos los hilos que la mantienen erguida de golpe:

- ¿Estas bien?- le pregunto Robbie a Ben, con el cadáver de la mujer desmoronado de cualquier forma a sus pies.
- Si… Estoy bien, es superficial.- respondió Ben con la mano sobre la marca de la dentadura que le había dejado en el cuello la recepcionista.

Comenzamos a entrar en el cubículo del ascensor, evitando con una mezcla de miedo y repulsión el cadáver de la recepcionista. Ben y Stacie abandonaron por fin su estupida idea de permanecer allí esperando y acabaron uniéndose con nosotros dentro del ascensor. Cuando todos hubieron entrado, Robbie apretó el botón de la planta cero y el ascensor empezó a descender con una leve sacudida inicial. Al llegar a la recepción nos preparamos para la posibilidad de que estuviera tomada por los infectados. Ben, Robbie y yo nos colocamos junto a la puerta en guardia, preparados para lo peor. Sin embargo, cuando las puertas se abrieron las puertas nos encontramos con una recepción completamente desierta. Entonces salimos con cautela del ascensor y sin más rodeos, nos preparamos para abandonar el edificio. Nos aseguramos de que la calle estaba despejada y era seguro salir, y entonces emprendimos nuestra marcha uno detrás del otro, corriendo pegados a la pared del edificio.

Las calles de la ciudad estaban extrañamente desiertas, los sonidos de disparos se escuchaban a lo lejos y no había rastro de infectados. No obstante, si lo había de su paso. Los cadáveres mutilados de los civiles y soldados que no llegaron a convertirse en rabiosos infectados, yacían descomponiéndose en las calles desoladas. Además serían alrededor de las tres de la tarde y los cerca de treinta grados que habrían contribuían a que los cuerpos comenzaran a desprender un hedor casi insoportable.

Fuimos en busca de algún vehículo con el que poder abandonar la ciudad con rapidez.
La verdad es que no nos llevo mucho tiempo encontrar uno, las calles estaban atestadas de ellos. Encontramos una Cadillac Luxury gris metalizado intacto con las llaves aun en el contacto, abandonado junto a una oficina de turismo que ofertaba excursiones a Sant Louis y visitar el Gateway Arch a orillas del Missisipi. Estaba detenido frente a un enorme embotellamiento que ocupaba todo el ancho de la calle. Un camión de bomberos había volcado en medio de la calzada, taponando la circulación en ambos sentidos. La escalera estaba desplegada y al caer había cortado la fachada de un edificio, dejando una larga cicatriz en los grandes ventanales de cristal.

Condujimos dirección sur con la idea de dar con alguna carretera secundaria por la que llegar hasta casa de Bob y de ese modo evitar las colapsadas autopistas y demás vías principales. Pero cuando llegamos a los límites del área metropolitana nos topamos con la barrera que el ejército había dispuesto alrededor de la ciudad para retener la invasión. Frente a ella una montaña pestilente de cadáveres de más de dos metros de altura se extendía a lo largo de toda la alambrada. Hombres, mujeres y niños infectados yacían apilados uno encima de otro, cosidos a balazos. De la presencia militar no quedaba ni rastro, salvo algunos cuerpos desmembrados irreconocibles con uniformes militares hechos jirones. Era jodidamente evidente que habían fracasado conteniendo la infección.

Detuvimos el coche frente aquella montaña pestilente para buscar algún punto por el que atravesarla. Inspeccionábamos los alrededores y posibles vías de acceso a través de la barrera cuando Stacie empezó a gritar desde el coche:

- ¡Aaaaahh! ¡Esas cosas, vienen hacia aquí!- gritaba histérica desde el asiento trasero del coche.

Cientos o quizás miles de infectados corrían hacia nosotros desde el otro extremo de la calle a toda velocidad. No había tiempo para planear una elaborada estrategia de escape, así que nos subimos a toda prisa en el coche y dimos marcha atrás dispuestos a atravesar aquella barricada de cuerpos humanos como fuera. Pise al máximo el pedal del acelerador y el coche salio disparado con el chirrido de las ruedas humeantes al derrapar en el asfalto. Nos sujetamos con firmeza a lo que pudimos antes alcanzar violentamente aquella montaña blanda de carne a noventa kilómetros por hora. El coche, con la tracción a las cuatro ruedas actuando sobre torsos, extremidades y rostros, rodó sobre los cuerpos apilados como si de una rampa putrefacta se tratara, volando por los aires a más de siete metros de distancia. Una sensación de vértigo nos encogió el estómago al sobrevolar la barrera de alambre de espino.

Aterrizamos pesadamente en la carretera al otro lado de la alambrada. El coche toco suelo primero con la parte delantera, que se doblo y retorció con la facilidad del metal más maleable. Los amortiguadores alcanzaron su límite de compresión, los bajos del coche se estamparon contra el asfalto y los neumáticos se oprimieron contra la carrocería. El neumático trasero izquierdo no soport´´o la presión y estallo con el estruendo de un potente petardo. Aun así seguí exprimiendo el acelerador al máximo, no podía permitirme detener el coche hasta que hubiésemos escapado de la ciudad. Mientras nos alejábamos del centro de la ciudad con la yanta trasera desnuda, expulsando un chorreo de chispas a nuestro paso, miraba por el espejo retrovisor como los infectados escalaban la montaña de cadáveres y traspasaban el alambre de espino sin dificultad, ya no quedaba ninguna fuerza militar que opusiera resistencia ante la invasión. Aquella horrible imagen me dejo entrever que desde ese momento no dejaríamos de huir, aquellos infectados nos perseguirían allá donde fuéramos.

miércoles, 3 de marzo de 2010

DEVASTATION. Capitulo 2. - Primera parte

Por Josue Fajardo Hermogenes

CAPITULO 2
Estado de sitio.

Parte 1

Conduje por una carretera secundaria camino de la autopista sin dejar de pisar el acelerador al máximo. La carretera se extendía dieciséis kilómetros entre frondosos bosques y terrenos de cultivos pertenecientes a las granjas familiares repartidas por todo el condado. Me sorprendió la tranquilidad que se respiraba, el sol brillaba en el cielo despejado y la larga carretera que se extendía frente a mí se encontraba desierta como de costumbre. Por un momento olvidé todo lo que estaba pasando; olvidé la horrible situación en la que se encontraba la ciudad. Las terribles imágenes de caos y sangre que llevaban martilleando mi cabeza toda la mañana se disolvieron en una sensación de serenidad casi adormecedora. Todo volvía a la normalidad, a su cauce de calma absoluta. Sin embargo, una perturbadora visión me devolvería a la cruda realidad de la que me había conseguido evadir por unos minutos: al pasar junto a la casa de los Stevenson vi como estos cargaban su coche a toda prisa con todo tipo de cosas mientras sus hijos lloraban asustados por lo que estaba pasando. Aquello me devolvió al estado de preocupación y angustia que había logrado olvidar por unos minutos. Miraba por el espejo retrovisor a los desesperados Stevenson en la distancia sin poder evitar pensar en los Mcknight y, sobre todo, en mi hermana. En esos momentos mi prioridad era encontrarla y ponerla a salvo. En los siguientes kilómetros las situaciones como la de los Stevenson se repetirían en cada casa que dejara atrás: familias que abarrotaban sus coches y caravanas de provisiones antes de irse, muchos de ellos sin cerrar siquiera las puertas de sus casas.

Cerca de la entrada a la autopista las carreteras ya no estaban tan despejadas como kilómetros atrás. La gente atestaba las carreteras en sus vehículos, ignorando la advertencia que se estaba dado por la televisión y la radio de evitar en lo posible utilizar el coche para mantener las principales vías de acceso despejadas. Me descubrí pensando en lo irresponsable y temeraria que era toda aquella gente, cargando sus coches hasta los topes y arrastrando muchos de ellos tambaleantes remolques cargados en exceso, amenazantes de volcar y provocar un accidente en cadena que taponaría la carretera sin remedio. Entonces caí en la cuenta de que yo era uno de ellos. De que al igual que aquellas personas yo también había abandonado mi casa, haciendo caso omiso de las advertencias, y había huido en mi coche para poner a salvo a mi familia. La diferencia era que mi única familia era mi hermana Alex, y aún debería ir hasta el mismísimo epicentro de todo aquel caos para ponerla a salvo.

En la carretera muchos llevaban remolques abarrotados, lanchas e incluso remolques de caballos. A medida que me acercaba a la autopista la densidad de coches aumentaba, haciéndose más lenta la marcha kilómetro a kilómetro. Hasta que a menos de uno de la entrada a la autopista el flujo de automóviles se detuvo por completo. Esperé unos diez minutos dentro mi coche moviendo nerviosamente el pie sobre el pedal del acelerador, aguardando el momento en el que se reanudara la circulación. Sin embargo, los coches no se movieron un solo centímetro. Decidí salir del coche y acercarme andando hasta la entrada de la autopista para ver cuál era el motivo del atasco. Cuando llegué vi que la autopista estaba completamente atestada de vehículos de todas las clases y tamaños, los cuáles obstruían hasta el último metro de calzada. La gente estaba abandonando sus vehículos y continuando a pie por los estrechos huecos que quedaban entre los coches detenidos. Cargaban con las cosas que podían llevar a cuestas, lo que no quiere decir siempre fuera lo imprescindible. No tardé en deducir que la circulación llevaba bastante tiempo estancada y que, por desgracia, no se volvería a reanudar.
Volví corriendo a mi coche y cogí de debajo de mi asiento la bolsa que contenía la pistola y los dos cargadores. Saqué la pistola y me la puse en la parte trasera del pantalón, tapándola con la camisa. Luego saqué los dos cargadores que me había dado Bob y me los metí en los bolsillos. Empecé a correr por la autopista en sentido contrario al de la gente. A diferencia de los cuatro carriles que salían de la ciudad, que estaban saturados de vehículos detenidos, los otros cuatro carriles con dirección a la ciudad permanecían relativamente desiertos. Excepto por los puntuales convoyes militares que se dirigían a la ciudad, permanecía libre de tráfico.
Salté el guarda carril que separaba los dos sentidos de circulación y seguí corriendo en dirección Kansas City. Sin embargo, al ser casi atropellado por un camión que transportaba militares decidí salir de la autopista y continuar siguiéndola por el lado exterior. De ese modo podría correr sin temer ser arrollado por los vehículos militares que iban hacia la ciudad a toda velocidad.
Continué siguiendo la autopista hasta que llegué al perímetro de la zona central de la ciudad. Instintivamente me agaché al ver que habían instalado un puesto militar fuertemente armado en los límites del centro de la ciudad. Estaban restringiendo la entrada únicamente a las fuerzas militares, por lo que me vi obligado a desviarme hacia el este y dar un rodeo en busca de algún otro lugar por el que acceder a la ciudad.
Avancé por los parques de las periferias, buscando algún resquicio en el fuerte control militar. Corrí furtivamente por las orillas del Blue River que atraviesa la ciudad de noreste a suroeste, intentando no ser detectado por los helicópteros que sobrevolaban la zona ni por los “humbees” que inspeccionaban los alrededores. A lo largo de todo el perímetro de la zona administrativa de la ciudad estaban estableciendo puestos de control fuertemente armados, conectados entre sí por enormes barreras de alambre de espino reforzadas. Si no fuera poco, desde los helicópteros “Little Bird” se estaban desplegando francotiradores y apostándose en las azoteas de los altos edificios que rodeaban la zona centro de la ciudad. Por fin encontré una posible vía de acceso al centro de la ciudad. Había un conducto que supuse que pertenecería al sistema de alcantarillado de la ciudad y que desembocaba cerca del Blue River. No estaba seguro de que fuera buena idea adentrarme en aquel mugriento cilindro de hormigón. No tenía ni idea de como me iba a orientar allí dentro ni de si tendría siquiera espacio para moverme. No obstante, cuando quise darme cuenta ya estaba gateando por aquel conducto hacia la oscuridad, la cuál me engulló por completo a medida que avanzaba hacia interior. Descubriría más tarde que todos aquellos militares tenían mayores preocupaciones que la de evitar que un ciudadano desobediente se colase en la zona de guerra en la que se había convertido el centro de la ciudad de Kansas City. Comprendí que no estaban evitando que entrara nadie en la ciudad, sino que saliera…


Avancé entre aguas residuales y cucarachas mientras los ojos se me acostumbraban a la oscuridad casi total hasta que la estrecha abertura dio paso a un sistema laberíntico de galerías abovedadas. Ya me encontraba bajo la ciudad. El sonido de los disparos y los gritos desgarradores de las personas atrapadas retumbaban en las pestilentes paredes del subsuelo. Intenté guiarme en aquel infierno de pasillos y conductos en los que el omnipresente olor a desechos humanos viciaba el aire y hacía insoportable el simple hecho de respirar. Para ello ascendía periódicamente a la superficie. Levantaba levemente las tapas del alcantarillado hasta que apenas quedaba una franja brillante de luz. Sin embargo, el alivio de poder respirar aire fresco se veía ahogado por las imágenes de la gente corriendo por las calles como si el mismísimo Diablo las persiguiera. Aunque no era el Diablo quien las perseguía, sino ingentes hordas de rabiosos infectados. Y cuando las alcanzaban no demostraban el más mínimo atisbo de humanidad. No dudaban en desmembrarlas a dentelladas como si de un grupo de hienas que despedazan a un antílope se tratara.

Contemplé horrorizado como un infectado lograba atrapar a la carrera a una mujer pelirroja de unos cuarenta y pocos años. La mujer llevaba una camisa azul claro de seda con flores blancas y una falda beige rasgada por los lados. Iba descalza y me imaginé que la pobre mujer habría perdido zapatos en la huída, o se habría visto obligada a quitárselos para poder correr mejor y huir de las hordas de infectados que habían sitiado la ciudad. Aquel infectado la agarró por la camisa y la mujer calló de espaldas con un golpe seco sobre la acera que hasta a mi me dejó sin respiración. Antes de que a la mujer le diera tiempo a reaccionar, le asestó varias dentelladas en el cuello, desgarrándoselo casi por completo. La cabeza bamboleante quedó sujeta al cuerpo únicamente por una expuesta columna vertebral y unos pocos músculos y tendones. El infectado amputó de un solo mordisco la lengua que se había retraído y que asomaba por el conducto de la laringe. Los borbotones de sangre, que manaban de la caverna que segundos antes había albergado la tráquea, parecieron enloquecer aún más a aquel infectado que de pronto pareció obstinarse en llegar hasta el lugar del que brotaba aquella sangre. Empezó a abrirse paso nerviosamente por el rugoso conducto, tráquea abajo, mientras la mujer aún convulsionaba. De pronto apareció un grupo de infectados que envolvió a la agonizante mujer y comenzaron a despedazarla. Unos infectados tiraban y clavaban sus dientes en las piernas y la cadera de la mujer. Desgarraban los muslos a la vez que otros intentaban acceder al interior del torso ya sin brazos a través del abdomen. Los infectados tiraban en direcciones opuestas y el cadáver de la mujer se contorsionaba como un maniquí ensangrentado. Finalmente, el desmembrado torso de la mujer sucumbió a las fuertes tensiones y se partió en dos, derramando sus entrañas por toda la acera. Cuando el grupo se dispersó atraído por los gritos que impregnaban el aire de la ciudad, lo único que quedaba de la mujer era un montón sanguinolento no mayor que un amasijo informe de carne y huesos. En medio del frenesí de sangre y vísceras la cabeza decapitada había rodado hasta quedar atascada en un desagüe cercano.

Las náuseas despertaron en mi estómago como un volcán a punto de hacer erupción. Apenas me dio tiempo a bajar la escalera de metal hasta el interior de la cloaca antes de que por mi esófago ebulliera un géiser de vómito ácido y ardiente. Mi mente era incapaz de asimilar lo que acababa de presenciar. No lograba procesar la carnicería que acababa de contemplar y me esforzaba en permanecer centrado en mi prioridad: Evitar que Alex sufriera el mismo destino de aquella pobre mujer.
Continué andando más de una hora por el laberinto de cloacas, ascendiendo a la superficie periódicamente para guiarme. En cada ocasión que levantaba las pesadas tapas de hierro, las imágenes de violencia y caos se repetían: gente corriendo por calles llenas de cadáveres mutilados, huyendo de los infectados. Fui testigo del fracaso del ejército en la actuación de contención de la invasión. A los soldados les era imposible contener a las hordas de infectados, que ignoraban los disparos y les arrinconaban tras sus vehículos. Los desconcertados soldados disparaban sus armas a la desesperada sin entender por qué aquellas personas no se desplomaban, o si lo hacían, por qué volvían a levantarse. Entonces, incapaces de dar abasto, era rodeados y finalmente masacrados de una forma brutal.

Continué andando por las cloacas durante una hora y media más pero a un par de manzanas del edificio de mi hermana una puerta de metal con rejas me impidió acercarme más. Tuve que abandonar el refugio que me brindaban las alcantarillas y continuar por la superficie, expuesto al caos de la ciudad.
La calle estaba abarrotada de coches abandonados. Al salir me resguardé tras uno de ellos. Ojeé por encima del capó del coche los alrededores antes de desplazarme hasta un furgón de reparto que estaba cruzado en la carretera, invadiendo la acera. Pero en el último momento tuve que cambiar de idea. Un grupo de infectados diseminados entre los coches andaban con parsimonia en mi dirección. Había inspeccionado los alrededores en busca de infectados cuando salí de las alcantarillas pero no me había percatado de ellos porque desde la boca de alcantarilla la gran cantidad de coches abandonados me limitaban considerablemente el campo visual.
Apoyado de cuclillas contra el coche, luchaba conmigo mismo por no caer presa del pánico. La arteria carótida me palpitaba en el cuello y me provocaba un dolor taladrante en las sienes. Casi podía notar en mi boca el sabor de la adrenalina que en esos momentos me saturaba el torrente sanguíneo. Me saqué la pistola de la parte trasera del pantalón en un primer acto reflejo, y la amartillé lenta y suavemente, procurando no alertar de mi presencia a los infectados que cada vez se encontraban más cerca. No podía correr hacia ningún otro sitio, casi los tenía encima. La única opción era meterme bajo el coche tras el que me escondía y rezar porque no repararan en mí y siguieran de largo. Me arrastré bajo él y permanecí lo más inmóvil y callado posible, sin perder de vista los pies de aquellos infectados.
Algunos estaban descalzos y pude saber que algunos de ellos eran mujeres porque llevaban zapatos de tacón u otros zapatos femeninos. Los que no habían perdido los zapatos, los tenían rotos o se les habían roto los tacones y caminaban con cojera. Incluso sus zapatos o sus pies, estaban cubiertos de sangre seca. Algunos de ellos tenían los pies en carne viva. Sus uñas habían desaparecido o las tenían colgando; las plantas de sus pies descalzos habían perdido gran parte de la piel y dejaban a su paso huellas sangrientas en el asfalto.
Recuerdo uno de ellos, una mujer o eso di por sentado. Llevaba unos altos tacones amarillos de charol, pero había perdido uno ellos, el derecho. Cubierto por manchas de sangre seca, tenía grietas y rozamientos que le quitaban gran parte de su brillo. El pie descalzo llevaba una media negra que estaba raída y desgastada por correr por el asfalto. La sangre parcialmente coagulada le goteaba de la planta del pie despellejado. Su piel era clara, casi amarillenta. El tono pálido de la piel contrastaba con el de la pintura color cereza de las uñas que aún conservaba.
La mujer se paró cuando llegó a mi altura y se giró hacia el coche. Mi corazón se detuvo. Pensé que me habría visto u oído, por lo que me preparé para lo peor y empuñé con fuerza la pistola, apuntando a sus piernas por si en cualquier momento fuera a por mí. La mujer permaneció allí unos segundos, inmóvil, y entonces empezó a aporrear el coche que se bamboleaba de un lado para el otro con un quejido metálico de los amortiguadores. Ya estaba preparado para afrontar la situación de un ataque cuando la mujer paró sin más con sus golpes al vehículo y continuó con su lenta y coja marcha. Pensé que tal vez habría visto su reflejo en una de las lunas del coche y pensaría que había alguien dentro. Justo en el coche bajo el que me escondía temblando como una nenaza. Como no.
Cuando todos habían pasado junto al coche y se habían alejado bastante, esperé unos minutos más para asegurarme y ojear bien los alrededores. Comencé a arrastrarme hasta el coche de en frente que se encontraba casi pegado al mío. Así hice con varios coches, arrastrarme bajo ellos y ojear a mí alrededor para no ser sorprendido por otro grupo de infectados que pudieran pasar desapercibidos entre los coches. Continué con ese “modus operandi” hasta que la densidad de coches abandonados disminuyó y el espacio entre ellos se amplió. Entonces el ir a rastras se volvió más peligroso ya que me podría verme sorprendido mientras me deslizaba por el suelo. En tal caso no tendría demasiadas posibilidades de salir de una pieza.
Corrí hacia una cafetería delante de mí que hacía esquina. Desde allí, a cuatrocientos metros, podía ver la entrada del edificio donde trabajaba mi hermana. Inspeccioné el terreno, observé los alrededores en busca de infectados y comencé a correr lo más rápido y furtivamente que me fue posible.

martes, 19 de enero de 2010

La Promesa. - Jose Peiro Carañana

Lo peor son los golpes, no te dejan tranquilizarte, continuos, rítmicos, incansables…, y ahora encima Eva se derrumba, la situación empeora por momentos y no sé que hacer:
-Tienes que calmarte…
- que es esto?... que está pasando?…que está pasando!?
- No lo sé cariño, pero debemos de mantenernos unidos, pronto llegara la policía, alguien ha tenido que ver algo, habrán llamado al 112, solo tenemos que esperar…
-pero… todos esos… dios mío…
-ven, yo cuidare de ti.
-…prométeme que no me dejaras… prométeme que estarás junto a mí para siempre…
-te lo prometo preciosa… pero cariño… ahora tenemos que calmarnos, aquí estamos seguros, créeme, se irán.
Esto era más un deseo que una creencia, deseaba que todo terminase, que dejasen de golpear la puerta, deseaba poder abrazarla, mirarle a los ojos y decirle que esto no era más que una pesadilla, pero al menos estábamos juntos. Que lamentablemente no es lo mismo que podía decir de nuestros vecinos, nos pillaron completamente desprevenidos, nunca pensábamos que esto ocurriese tan próximo a nosotros, no se… supongo que será efecto de tantos años de telediarios y noticias violentas, creíamos que una vez mas todo esto terminaría en una anécdota o como mucho en unas cuantas cifras de hospitalizados, joder!... como les gustaban a los periodistas las cifras, porcentajes y esquemas de colores… el hecho es que siguiendo las recomendaciones guardamos unas cuantas provisiones y acomodamos el sótano, era como jugar a las cabañas cuando éramos niños, esa noche incluso invitamos a nuestros amigos y pedimos pizzas, pero en lugar del repartidor y su ruidosa moto llegaron otros sonidos. Al principio pensamos que serian algunos críos haciendo de las suyas de camino al parque cercano, pero entonces reconocimos la voz de Ramón, estaba dando unos gritos horribles, nos asomamos a la puerta y vimos como de camino a nuestra casa una banda de… joder! Parecían esos zombis de las películas!… se abalanzaban sobre ella y empezaban a morderla…, era horrible!..., Ramón intentaba protegerla, pero eran tantos… de donde había salido toda esa gente?..., todo paso tan rápido…, Salí corriendo para intentar ayudarle pero algo me hizo detenerme, supongo que me di cuenta de que los violentos habían dejado de atacar a Claudia y se dirigían hacia Ramón, supongo que me di cuenta que entre los violentos se encontraba Claudia, pero ya no era ella…, cogí a Eva y prácticamente la arrastre hacia el interior de la casa; su cara era de desconcierto, pero pronto se convirtió en pánico cuando el primero de ellos atravesó la ventana del salón y la cogió del brazo, estire de ella, y mientras corríamos escaleras abajo podía oír como la puerta de la entrada se quebraba por momentos, eran demasiados.
En el sótano no podemos hacer otra cosa que esperar, esperar y esperar mientras esos maniacos no dejan de aporrear la puerta continuamente y emitir sonidos guturales que te ponen los pelos de punta,…es…como si llorasen…, pero lo que de verdad me preocupa ahora es Eva. Parece que alguno de esos locos le ha mordido en el brazo.
La he dejado tumbada en el suelo y la he abrigado con una manta, pero parece que cada vez le cuesta más respirar, no puedo dejar de mirarla, no se que hacer… no puedo imaginar perderla… ella es mi vida.
Se ha levantado de golpe, como si despertase de una pesadilla.
-cariño?... estas bien?...
Se ha girado y me mira fijamente.
Aunque aún no se haya movido ni haya dicho nada, en mi interior se que es una de ellos.
Sus ojos han cambiado, ya no hay amor, solo ansia.
No puedo hacer nada por ella.
No puedo huir.
Además, le he prometido que no la abandonaría nunca.
FIN.

domingo, 3 de enero de 2010

DEVASTATION por Josue Fajardo Hermogenes

CAPITULO I
El Comienzo:
Fresca Mañana

Martes 6 de junio de 2001.
Serían alrededor de las 9:20 de la mañana cuando el suave rumor de lo que parecían unas sirenas lejanas me sacó de mi sueño. Hacía una mañana perfecta, con un inmenso cielo azul y un sol espléndido.
Tomé una bocanada de la fresca brisa matinal y fui a darme una ducha. Al acabar bajé a la cocina y encendí el pequeño televisor de la encimera. Me dispuse a prepararme algo para desayunar.
Vertía leche en mi tazón de cereales sin prestar demasiada atención a lo que daban en la televisión. Sin embargo, cuando iba a tomar la primera cucharada de cereales, una palabra procedente de la reportera de las noticias del canal 4 llamó mi atención: “zombies”. Entonces subí el volumen para ver de que variopinta noticia se trataba.

La reportera, visiblemente nerviosa, informaba de que una enorme masa de personas descontroladas estaba sembrando el pánico en las calles de la ciudad. Además, y esto me pareció de lo más surrealista, comunicaba que: “los disparos efectuados por los agentes de policía no logran detenerlos, siguen caminando hacia los coches de la policía sin que logren abatirlos”. Intenté averiguar el lugar del que se trataba y donde estaba ocurriendo tal locura. Pude distinguir que se trataba de la calle Broadway Boulevard en Kansas City.
Parecía ser la retransmisión de un tiroteo entre la policía y un gran número de individuos completamente fuera de control. Había muchos policías apostados tras sus coches patrulla disparando a las personas que corrían a toda velocidad hacia ellos. Sin embargo, aquellos hacían caso omiso de los boquetes que las balas de los rifles y escopetas hacían en sus cuerpos.
Los individuos se aproximaban a los agentes de policía a toda carrera. Poseían un gesto de furia en sus rostros apenas humano. Se vio como algunos agentes eran alcanzados por aquellos individuos e incluso el cámara tuvo la sangre fría de filmar uno de los ataques:
El policía fue derribado e intentaba alcanzar su arma que se hallaba a cinco metros de él y que había volado por los aires con el violento impacto. Pedía ayuda a sus compañeros para que se lo quitaran de encima mientras intentaba zafarse. Pero sus compañeros estaban desbordados, apenas conseguían mantener a raya las oleadas de rabiosos atacantes.
El individuo ignoraba los disparos que le hacían a escasos metros. Intentaba abrirse paso entre los antebrazos del policía a mordiscos y zarpazos como un animal furioso. Cuando consiguió traspasar la barrera que el agente creaba con sus brazos, el furioso atacante fue directo a la cara del policía. De un solo bocado le arrancó la nariz y tras desfigurarle la cara entre mordiscos y golpes, se dirigió hacia su cuello. De una poderosa dentellada le desgarró gran parte. Fue entonces cuando algunos compañeros acudieron en su ayuda y lograron por fin quitárselo de encima. Los dos policías lo sujetaban por ambos brazos, procurando mantenerse fuera del alcance de sus dientes. Entonces un tercero colocó el cañón de su arma frente al rostro del rabioso individuo y abrió fuego. Sólo entonces el animal rabioso que era aquel hombre reposó inerte sobre el asfalto mientras un charco de sangre se expandía desde el boquete que la bala había abierto en la parte trasera de su cráneo.
Pero ya era demasiado tarde para el policía herido. Hacía tiempo que sus gritos se habían ahogado bajo las bocanadas de sangre que el agente expulsaba con cada expiración en su intento por respirar mientras su vida se le escapaba con cada chorro de viva sangre arterial que su yugular completamente seccionada proyectaba a varios metros de distancia.
Entonces otro de los individuos rabiosos cargó contra los medios que se habían apostado al otro lado de la calle para retransmitir la noticia. Todos salieron corriendo en estampida mientras eran perseguidos por aquellas bestias. En la huída la cámara siguió recogiendo durante la huída una tambaleante imagen de los pies del cámara y el suelo. Unos minutos después la imagen se perdió entre estática.

No sé cuanto tiempo permanecí allí sentado mirando la nieve de la pantalla del televisor en estado casi catatónico. Con una cucharada de fríos y pasados cereales aún en la mano. Cuando volví en mí, me puse en pie de un salto y descolgué violentamente el teléfono de la pared. Intenté llamar a mi hermana menor Alex que trabajaba en el centro de la ciudad. Era relaciones públicas de una empresa de telecomunicaciones a pocas manzanas de donde había ocurrido el incidente.
Intenté una y otra vez contactar con ella. Tenía que saber si estaba bien. Además, ella me podría aclarar que demonios estaba ocurriendo allí. ¡Podría ser alguna estrategia promocional de una nueva película de Hollywood! Mi cabeza intentaba buscar una explicación racional mientras esperaba que el teléfono diera tono. Sin embargo, una voz femenina me informó de que todas las líneas estaban ocupadas. Eso me puso más nervioso aún.
Comprendí que algo iba realmente mal. Me tomé un minuto para ordenar la maraña de pensamientos que en esos momentos era mi cabeza e intentar pensar que debía hacer.
Pero lo único que pensaba era que lo que acababa de ver no podía ser verdad: ¡Los zombies no existen!, ¡La gente no se mata a mordiscos!- gritaba dentro de mi cabeza. La imagen de aquellos individuos corriendo furiosamente hacia los policías sin que la descarga de disparos en sus cuerpos les afectara lo más mínimo rebatía todas las teorías que desesperadamente intentaba desarrollar mentalmente. De repente, un nombre se apareció en letras mayúsculas en mi cabeza: BOB.
Bob era mi vecino más cercano. Era un tipo muy cuerdo y razonable, su fuerte y optimista personalidad me haría ver las cosas con más calma. Necesitaba hablar con alguien urgentemente.
Ni siquiera se me ocurrió coger el coche. No sé por qué motivo en ese momento me pareció mejor idea ir a pie y así lo hice. Simplemente no paré de correr, luchando contra el alboroto de mi cabeza, hasta que llegué a casa de los Mcknight.
Conocía a Bob desde que era niño. Entonces él era un respetable agente del Departamento de Policía de Kansas City.
A los dieciocho años me había trasladado a la ciudad para ir a la universidad y tras licenciarme en Historia conseguí un trabajo como profesor suplemente en un instituto de Topeka, cerca de Kansas City. Por lo que nuestra relación se limitaba a breves visitas que le hacía cuando iba de vacaciones a casa de mis padres.
Tras la muerte de mis padres, decidí trasladarme a la casa familiar donde mi hermana y yo habíamos crecido. Era una pequeña casa a las afueras de la ciudad. Situada en una zona agrícola- ganadera, estaba rodeada de hectáreas y hectáreas terreno delimitadas por interminables cercas de madera que marcaban el final de la tierra de una familia y el comienzo de la de otra. Bob y su familia eran los únicos vecinos en varios kilómetros a la redonda. Su casa estaba a menos de un kilómetro de la de mis padres.
Cuando me trasladé, Bob llevaba retirado cuatro años tras treinta y siete en el cuerpo. Tras su jubilación Bob se dedicó junto a su mujer a comercializar leche y carne que les proporcionaban las más de treinta vacas que poseían.
Su esposa Esther, era una mujer que había pasado toda su vida trabajando en su granja y criando a sus dos hijas, Claire de catorce años y Samanta de diecisiete. Eran como la noche y el día. Dos polos opuestos, que lejos de atraerse, chocaban constantemente. Claire era una chica dulce y cariñosa y Samanta había sacado el carácter fuerte de su madre. Le gustaba practicar con la escopeta de su padre y galopar a lomos de Bucéfalo, su caballo. El nombre se lo había puesto por el caballo de Alejandro Magno, quien le fascinaba.

Mientras corría hacia la casa de Bob, me reconfortaba pensando que Bob estaría jugando con sus hijas o charlando con su esposa en el jardín sin dar la más mínima importancia a lo que ocurría. Pero la situación que me encontré en casa de los Mcknight estaba lejos de tranquilizarme.
Toqué a la puerta y una voz masculina al otro me preguntó con dureza:
¿Quién es?- pregunto Bob al otro lado de la puerta.
¡Bob soy yo, Charlie!- logré decir con la voz entrecortada por la carrera.
Me pareció ver el ojo de alguien entre las cortinas y acto seguido pude oír como era arrastrado algo muy pesado y luego se abría la puerta que estaba cerrada con llave.
Al entrar me encontré con un Bob visiblemente preocupado que sostenía en la mano una escopeta.
-¿Qué tal Charlie?- me pregunto tendiéndome la mano.
-¿Bob has visto por la tele…- pregunté, pero antes que acabara Bob me respondió.
-Si- dijo anticipándose, sabiendo perfectamente a lo que me refería.
Miré a mi derecha y vi como Samantha rodaba los muebles del salón hacia las ventanas bloqueándolas. Después miré a mi izquierda y Esther hacía lo mismo que su hija con los muebles del comedor.
-¡¿Qué esta pasando Bob?!- le pregunté sin dejar de apretar los dientes.
- No lo sé Charlie. Pero no pinta bien- dijo con pose preocupada pero calmada.
Entonces Bob fue hacia la cocina con la escopeta aún en la mano y yo detrás de él.
Cruzamos la cocina y salimos por la puerta que daba al gran jardín trasero de la casa.
Allí Bob estaba recolectando tablas de madera de todo los tamaños. Yo no dejaba de hacerle preguntas intentando entender lo que estaba pasando:
-¿Has visto lo de los ataques a los policías en el centro de la ciudad?- le pregunté desesperado.
-Si. Lo llevan repitiendo toda la mañana.- dijo mientras continuaba aumentando su colección de listones de madera.
- ¡¿Pero quien son esos tipos, son terroristas?!- pregunté muy preocupado.
- No lo creo.- murmuró continuando con lo suyo sin siquiera mirarme.
-¡¿Son de alguna mafia?!- volví a preguntar.
- No… - murmuró Bob.
-¡¿Entonces qué, son de algún tipo de secta?!- seguí preguntando.
- ¡No Charlie, no son de una secta!- me imperó por fin mirándome.

Nada tenía sentido. No conseguía encontrarle la lógica a lo que estaba ocurriendo.
Caminé unos metros por el jardín con las mano sobre la cabeza, esperando que en cualquier momento me despertará o al menos que se me ocurriera algo.
Fijé mi mirada en el horizonte y vi la silueta de la ciudad. Me quedé unos minutos observando y pude distinguir lo que parecían columnas de humo ascendiendo desde ella. De pronto el sonido de unos rotores me sacó de mi ensimismamiento. Un helicóptero militar se dirigía sin ninguna duda hacia allí.
El nombre de mi hermana me vino a la cabeza con angustia:
-¡ALEX!- pensé.
Me giré hacia Bob que seguía reuniendo diferentes cosas e intenté buscar un poco de alivio en su calmada forma de ser. Pero nada más lejos:
-¿Crees que esto es muy serio?- le pregunté esperando recibir una respuesta tranquilizadora.
- No lo sé...- dijo mirándome a los ojos.
- ¿Quiénes son esa gente que atacó a la policía?- pregunté
- Mejor di… “Qué”.´- dijo.
-¿Cómo?- pregunte desconcertado.
- ¿Te fijaste en como las balas de las pistolas no los derribaban?- preguntó, dejando las cosas y parando por primera vez desde que iniciamos la conversación.
- Si- dije intentando averiguar a donde quería llegar.
- ¿Y supongo que viste lo que hacían cuando alcanzaban a los agentes de policía, no?-
me preguntó con una mezcla de indignación y lástima por sus compañeros caídos.
- Si…- respondí con un gesto de repulsión al recordar como aquel individuo había desgarrado el cuello del policía de un mordisco.
Bob se quedó en silencio para permitirme a mi llegar a una conclusión que, si bien ya había barajado, descarté con igual rapidez al considerarla descabellada.
Cuando le dí vueltas y vueltas a todas las teorías que se me ocurrían y me percaté de que en realidad se reducían a una sola, miré a Bob, que seguía con lo suyo y me atreví a preguntarle:
-¿No estarás pensando que son… zombies?- pregunté sin convicción alguna pero con cierta inquietud, temiendo la respuesta de Bob.
- ¿Zombies? No…- respondió rotundamente.
- Menos mal, pensaba que ibas a decir que eran…- no me dejó terminar la frase.
- Infectados más bien- dijo.
- ¿¿Qué??- pregunté completamente descolocado.
- Personas infectadas.- no había el más mínimo atisbo de duda en sus palabras.
Hice un esfuerzo por olvidar el grado de dispárate que había alcanzado aquella conversación y seguí preguntando a Bob sobre su teoría a cerca de lo que estaba ocurriendo:
-¿Infectadas, por qué?- pregunté intrigado.
- Ni idea.- no se molestó en teorizar al respecto. A Bob le bastaba con ver lo que retransmitían por televisión y por el panorama de humo y helicópteros de los que yo me acababa de percatar, para convencerse de que aquello era una clara señal de que algo no iba bien en absoluto.
-¿Bob, crees que esto vaya a más?- le pregunté.
- Creo que si…- dijo convencido.
- Bob… debo ir a la ciudad. Álex aún sigue allí… – le dije esperando algún consejo.
Bob me miró con el gesto desencajado:
-¡¿Alex?!- preguntó horrorizado. Para él era como una hija más.
- Si…- dije casi sin voz.
- Charlie te acompañaría pero debo terminar aquí, mis hijas…- dijo con sentimiento de culpa.
- Lo sé Bob, no te preocupes.- le contesté, poniéndole la mano en el hombro para reconfortarle.
- Espera- me dijo y entró en la casa como si se hubiera acordado que tenía la comida al fuego.

No dejaba de pensar. De planear como iba a ir a la ciudad, iba a recoger a mi hermana y salir de allí cuanto antes. No tenía porque pasar nada. Y con suerte ella me llamaría diciéndome que se encontraba bien.
Bob volvió del interior de la casa con una pequeña bolsa negra en la mano.
Del interior sacó una pistola:
- ¿Y eso?- pregunté inquietado.
- Esto es una Glock 9mm. Una de las pistolas más fiables que existen.- dijo mientras la sujetaba por su empuñadura y la examinaba.
- ¿Qué vas a hacer con ella?- le pregunté un poco preocupado.
- Es para ti.- dijo ofreciéndomela por la empuñadura.
- ¿Para mi, para qué quiero yo una pistola?- pregunté, sujetando la pistola como si sostuviera una bomba a punto de explotar.
- Para protegerte hasta que vuelvas. No sabes lo que te vas a encontrar en la ciudad.- dijo muy serio.
Me di cuenta de que iba completamente en serio y eso me confirmó la gravedad de la situación. Sujetaba aquella arma con mucho respeto temiendo que en cualquier momento se fuera a disparar y me volara la tapa de los sesos a mi mismo.
Bob la cogió por la parte superior y comenzó a darme un cursillo intensivo de dos minutos sobre el funcionamiento y manejo de aquella arma:
- Mira Charlie, esto es el cargador. Dentro hay 17 balas.- dijo. Había apretado un diminuto botón y el cargador cayó por su propio peso. Me lo mostró y lo volvió a introducir de un rápido movimiento.
- Entonces tiras hacia atrás de la corredera. Así.- seguía mostrándome.-
Ahora hay una bala en la recámara.
-¿Ves este botón de aquí en el gatillo?- Bob señaló un diminuto botón en el mismo gatillo de la pistola.
- Si- dije. Hasta entonces sólo había asentido con la cabeza a cada pregunta que me hacía Bob.
- Bien. Esto es el seguro. Se desactiva cuando disparas y se vuelve a activar automáticamente cuando paras. Por lo que el arma esta siempre lista para ser disparada y es segura en todo momento. No estés preocupado porque se te dispares las pelotas o algo así.- bromeó con una leve sonrisa- No se disparará si tú no quieres que se dispare.
- Vale - respondí más aliviado.
- Toma, ahora repítelo tú mismo desde el principio- me dijo ofreciéndome el arma.
Cogí el arma procurando que no me temblara el pulso.
Al sentir el peso que le daba al arma el cargador lleno de balas, comprendí que eran ellas las que le conferían al arma su amado y odiado peligro mortal. La sola idea de saber que ese artefacto que sujetaba con la mano podía arrebatar una vida con la facilidad de apretar el gatillo fue suficiente para que el brazo me empezara temblar sin control.
Bob cogió la pequeña bolsa negra que había puesto sobre la mesa donde anteriormente había reunido su colección de madera, y sacó de ella otros dos cargadores.
- Charlie, aquí tienes otros dos cargadores ¿de acuerdo?- me dijo mientras los sujetaba con una misma mano como si fueran un par de cartas de una baraja de naipes.
Entonces cogí la bolsa e introduje la pistola dentro junto con los cargadores de repuesto.
Bob me tendió la mano con una leve sonrisa y nos dimos un abrazo como padre e hijo más que como dos amigos. Él había sido desde la muerte de mi padre la única figura paterna que yo había tenido. En realidad lo quería como a un padre, y aunque nunca se lo había dicho, estaba seguro de que él lo sabía.

Abandoné la casa de Bob y fui corriendo a mi casa con la oscura bolsa bajo el hombro. Al entrar en casa para coger las llaves del coche encendí el televisor para ver si estaban dando noticias nuevas sobre la horrible situación. Reproducían un mensaje de emergencia:

“Se le pide a la población del estado de Kansas que mantengan la calma. No abandonen sus hogares si no es estrictamente necesario.
Si deben circular por las autopistas, por favor, háganlo con orden y calma.
Repetimos, no abandonen sus hogares si no es absolutamente necesario y si se encuentra en la carretera, conduzca con calma y responsabilidad”

Al verlo supe que mi viaje hasta la ciudad no iba a ser nada fácil, ni tan tranquilo como esperaba que fuese.
Salí de mi casa con las llaves del coche en la mano, fui hasta el coche, coloqué la bolsa bajo el asiento del conductor y arranqué el coche. Pisé el acelerador y salí a toda velocidad, levantando tras de mi una enorme nube de polvo.
Aún no sabía lo que me deparaba mi viaje a la ciudad… Continuará.